Sin más guía que su inusual interés por conocer destinos poco publicitados, Gregorio Schepeler entusiasmó a un grupo de probados amigos aventureros (María Elena Cáceres, Marisol Carrasco, Claudia Pacheco, Macarena Urzúa, Margarita Wills y Carlos Figueroa) a emprender una odisea que ellos mismos calificarían de extraordinaria, pero imposible de realizarla solo.

TEXTO Y FOTOGRAFIAS: Gregorio Schepeler
Desde Chile, llegar a Papúa Nueva Guinea no es tan difícil. Primero, nosotros volamos a Brisbane (Australia) y de ahí en un vuelo directo aterrizamos en Port Moresby, capital del país. Después de Groenlandia, Papúa Nueva Guinea es la segunda isla más grande del mundo. Aquí el hombre llegó hace 45.000 años -cuando la isla aún estaba unida a Australia- y permaneció así hasta 10.000 A.C. Alrededor de 500 A.C., se producen migraciones de pueblos austronesios. Por ello su gente tiene una relación genética, además de la semejanza somática, que los emparenta con aborígenes australianos, e incluso con algunas poblaciones de Filipinas, Malasia e Islas Andamán… En 1973, con la intervención de Naciones Unidas, se constituyó un sistema de autogobierno, al que siguió la independencia de Papúa Nueva Guinea en 1975, cumpliendo este 2025 su 50º aniversario, con una superficie de 462.839 km2 y unos 10 millones de habitantes. Hoy el país registran 848 lenguas nativas, aunque allí se hablan solamente 836.

En nuestro viaje, los siete coincidimos que en las zonas del río Sepik, con sus traslados por agua, es una tarea que difícilmente se puede hacer solo. El idioma es una barrera importante. Tener una piragua a disposición y conocer el río es fundamental. Nuestro viaje lo hicimos con una empresa británica, con la cual navegamos unos días en piragua, embarcándonos en Pangui, donde nos esperaba la que sería nuestra piragua por unos días. En otra, irían nuestras mochilas y nuestra alimentación. Toda una epopeya porque construir una piragua de 15 metros de largo y relativamente angosta -construida de un solo tronco de árbol, ahuecada y trabajada con hachuela- demora un año en que esté en condiciones de navegar.




Y los siete nos embarcamos. Uno tras otros, los siete sentados sin posibilidad de levantarnos. Atrás dos lugareños que manejaban. Después de aproximadamente 4 horas, en un atardecer muy sorprendente en el en río, con nubes rosadas y amarillas, había un sol que desaparecía al frente de nosotros. Al mismo tiempo, pero a un costado, se divisaban rayos y relámpagos de alguna tormenta lejana. Fue una primera travesía asombrosa, hacíamos algunos comentarios, sacamos algunas fotos, pero en general había un avance silencioso, de siete asombrados pasajeros, en este río de casi 1.200 km y con anchos diversos, en algunos sectores con más de 2.000 metros.




Nuestro asombro había comenzado horas antes con el volar de las garzas, el sonido del viento y el cielo con nubes de colores. Y es que el esplendoroso y suave rio Sepik nos había transformado en seres silenciosos y cautos al ir introduciéndonos en esta nueva realidad. Así llegamos a Wagu, donde vivía nuestro guía con su familia. Aparte, en una construcción tipo palafito, alojamos nosotros. Suelos de madera de palmera, instalados sobre travesaños de bambú, muy simple y liviano, a un par de metros del suelo y relativamente cerca del río. Habitaciones individuales con una cama y mosquitero. En otra habitación más grande, con una mesa de comedor, se hacía la comida a un costado, en el suelo, en que toda la familia se ocupaba de su preparación, incluyendo niños de 6, 8 o 10 años. Pollo frito, con arroz, yuca, espinacas cocidas, plátano. No había gritos. No hubo llantos. Parecía parte de la vida. Nos ayudaban. Nos guiaban por los caminos de la selva y conocían los cantos diversos de las aves.





Nuevamente en piragua al día siguiente, atravesamos al otro lado del río. Fue nuestro encuentro con la selva de Papúa Nueva Guinea. Húmeda, verde, tupida, barrosa. Después de alrededor de 1 hora y media o 2 de caminar en este verdor, con algunas flores, hongos y sonidos, nos detuvimos para avistar el ave del paraíso, especie única de Papúa Nueva Guinea y símbolo patrio. Esas aves están en lo alto de los árboles y vuelan al sonido de nosotros. Solo algunos logramos divisar una o más, con sus plumajes de colores y larga cola amarilla.



Ya en el poblado de Tangunyan, conocimos una Tambaran o Casa de Espíritus, instalada en una esplanada con algunas esculturas pintadas y talladas, instaladas sobre la tierra. Algunas personas llegaron a saludarnos y ofrecer artesanía local. Con la cristianización, las costumbres cambiaron. La tradición de los escultores de madera, creadores del arte místico, único en el mundo, casi ha desaparecido, al igual que algunas presentaciones y vestuarios tradicionales que han sido mal visto por los misioneros. Las Tambaran constituyen una casa de culto ancestral tradicional en la provincia de Sepik Oriental, y se utiliza como lugar de reunión y para rituales de iniciación, aunque antes estaban reservadas exclusivamente para hombres. En Malewas, iríamos a un Sing-Sing o bailes rituales al aire libre.Los bailes de estas comunidades se acompañan de tambores, y en general están todos vestidos especialmente con máscaras, faldas vegetales, adornos. Para mi sorpresa, conocí una persona que había asesorado al Museo Metropolitan de Nueva York, respecto del arte de esta zona remota. El me recomendó que me llevara una pequeña escultura de un Casowary, que es un pájaro, cuyo pelo-plumaje se utiliza mucho en los tocados tradicionales tribales.




En Kanganamu (donde nos recibieron 4 bailarines con trajes de paja y grandes máscaras puntiaguda) presenciaríamos por la noche una doble ceremonia. Cuatro pequeñas fogatas alumbraban tenuemente este lugar, hasta que de pronto, a los costados, comenzaron a sonar grandes tambores de madera de troncos ahuecados con sus puntas talladas. Era la ceremonia de tambores. Para nuestra sorpresa, se incorporaron dos largas flautas de bambú, de dos comunidades para diferenciar los tonos. El sonido fuerte de tambores grandes, tocados con gruesos maderos, nos llevó a un estado de reflexión silenciosa. Cuando se incorporaron las flautas, con sus sonidos aéreos parecía todo tranquilo, descansador. Nuestras mentes se fueron solas a esferas desconocidas que nos hicieron soñar. Contentos, y como siempre acompañados de amigables personas del lugar, volvimos a nuestra piragua, y oscuros en la noche navegamos por un río levemente iluminado con la luz del universo.




Apangai fue otra Tambaran, aunque más cerrada. Nos invitaron a ingresar por la parte posterior, pintada, con esculturas muy grandes tendidas en el suelo. Junto a nosotros varias personas con antifaces blancos, rojo y negro, lunares, collares con conchas, faldas de paja, especie de sobreros rojos con amarillos y plumas. Tocan tambores. Acompaña un personaje grande con máscara de ojos grandes y, del cuello, sale un verdor y rafias hasta el suelo. Debimos pasar por una especie de túnel angosto y bajo, para aparecer en otro sector de la Tambaran, con dos personas engalanadas con sus trajes tribales. Sobre el suelo, una figura tallada como sentada sobre antiguas monedas de conchas de almejas gigantes y otras caracolas decoraban el lugar.




Para nosotros, sin duda, el rio Sepik fue una posibilidad excepcional de conocer al pueblo de Papúa Nueva Guinea. Gente cariñosa, acogedora. Nuestros días allí fueron tranquilos, nunca vimos a un turista. Tampoco escuchamos gritos ni quejas. Nosotros fuimos un grupo afiatado de siete buscadores de mundos nuevos en este ancestral y remoto río. A veces divisamos algunas piraguas menores que navegaban por las orillas. Solo una embarcación mayor se cruzó con nosotros. En definitiva, los siete disfrutamos, nos emocionamos, reflexionamos y nos maravillamos.

Ahora de regreso, nuestras mentes recrean en la memoria estos espacios inolvidables, justo al otro lado del mundo.












IMPRESIONANTE!!
Y excelentes las fotos
Felicitaciones, Gregario,estupendo artículo!
Maravillosa experiencia, increíble lugar, Gregorio un experto en descubrir el mundo étnico desconocido, una experiencia inédita para el grupo, felicitaciones a todos .
Genial las imágenes bellas, y precisas. Saludos y a buscar nuevas Aventuras.
Pero qué buen artículo, querido Greg!!
Tu relato describe en forma muy precisa y entrañable esa insensata y magnífica aventura que nos propusiste, a través de esos más de 200 kilómetros de navegación en un tronco y que tuve el honor, placer y privilegio de compartir con cada uno de ustedes.
Por tu generosidad, imaginación y osadía,
GRACIAS mi querido Greg.
Gran abrazo y admiración
Un viaje para viajeros- exploradores que demuestra que el mundo aún nos puede sorprender y fascinar
Hola, qué interesante viaje, hermosos paisajes, un lugar poco promocionado para conocer, con mi marido nos interesa hacerlo , ¿con cual agencia podemos contactar ?, si me pudieras dar los datos te lo agradecería mucho.
Saludos cordiales
Mónica de Santiago de Chile
Qué viaje mas lindo a un lugar del mundo que pensábamos, ya no existían .
Felicitaciones a los 7 aventureros. Y gracias por llevarnos a estos curiosos rincones ocultos, que deben petmaneces así…ocultos
Que lindo relato de una aventura extraordinaria. Aunque he viajado por todo el mundo. nunca encontre informacion que me llevara a este lugar, que me encantaria haber conocido. Gracias por llevarme mentalmente a un maravillosos lugar.
Grande Gregorio
Excelente publicación
Preciosas fotos y buen relato.
Felicitaciones a Gregorio y su equipo aventurero!!!
EXTRAORDINARY!
More impressive than National Geographic…
Espectacular !!!!! muy lindo y tan bien documentado. Como dice Carmen Denby, supera a los del National Geographc en aventura, fotografias y descripciones. Felcitaciones Carmen querida, muchas gracias por compartirnos este bello viaje.
Hola, FELICITACIONES a Margarita y Gregorio, super interesante el viaje, muy bien explicado y de verdad mejor que National Geographic..
Fascinante viaje! Además en una convivencia tan cercana en un medio que
no se encontraría ni en los sueños.
Estupenda la narración, querido Greg, así como las fotografías!
Me imagino que el silencio era de asombro y de estar en un mundo inimaginable.
donde también lo espiritual tiene un importante espacio.
Lo que no se, es si podría aguantar 4 horas sin moverme en esa piragua tan estrecha.
Gran relato de nuestro aventurero viaje Gregorio Tus palabras volvieron a recordar cada momento vivido de nuestro grupo en contacto c la naturaleza y su gente
En esta invitación, todo pasa cerca del gran rio, cuerpos y caras pintadas de colores vivos en una isla misteriosa,hacia donde se embarcaron los siete viajeros, para vivir una emocionante aventura.
En Papúa Nueva Guinea, encontraron no solo cosas, formas de vida diversas y vibrante naturaleza, también personas nuevas, ancestrales, diferentes, todo fue una permanente y gran odisea, pero vino el tiempo regreso a la casa, a la Itaca de sus propios ensueños. Ahora, con maestria nos cuentan del viaje y nosotros lectores maravillados, los saludamos por su compromiso y su retorno.