PANAMÁ VIEJO | Donde se escucha lo que dice el silencio

 

TEXTO: Jorge Díaz Saenger – FOTOGRAFÍAS:  Jorge Díaz y agencias

 

Llegué a Panamá Viejo en una mañana calurosa, con ese viento del Pacífico que parece traer consigo voces antiguas. No era un lugar cualquiera. Sabía, mientras caminaba hacia las ruinas, que estaba entrando en un sitio donde la historia había quedado detenida, como si alguien hubiera apagado la ciudad de golpe y luego la hubiera dejado ahí, expuesta al sol y al silencio durante siglos. Panamá Viejo es el nombre que hoy recibe el sitio arqueológico donde estuvo la primera ciudad de Panamá. Fue fundada en 1519 con el nombre de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, y durante más de ciento cincuenta años fue el corazón de un mundo que se abría paso entre océanos, selvas y ambiciones. Pero cuando uno llega allí no encuentra una ciudad. Encuentra su ausencia. Las piedras están dispersas, las paredes cortadas a la mitad, los cimientos abiertos como heridas. Caminé por senderos de tierra donde alguna vez hubo calles. Imaginé a los comerciantes, a los soldados, a los religiosos, a los marineros que llegaban desde medio mundo. Panamá era entonces una puerta: por allí pasaba la riqueza de América rumbo a Europa, y por allí también pasaban los sueños, las ambiciones y las miserias humanas. Tal vez por eso mismo fue tantas veces codiciada.

 

 

Mientras avanzaba entre las ruinas pensé en los siglos de ataques que sufrió esta ciudad. Piratas, corsarios, aventureros. Hombres que venían atraídos por el oro y por la fama. Finalmente, en 1671, llegó el golpe definitivo: el ataque del pirata inglés Henry Morgan, que arrasó con la ciudad hasta dejarla convertida en cenizas. Después de aquella destrucción, los sobrevivientes tomaron una decisión inevitable: abandonar el lugar y fundar una nueva ciudad unos diez kilómetros más al suroeste, lo que hoy conocemos como el Casco Antiguo de Panamá. De la vieja capital solo quedaron las ruinas.

 

 

Caminé hasta lo que fue la Plaza Mayor. Allí, frente a un espacio abierto donde antes se levantaban edificios y vida cotidiana, aparece la estructura más imponente que queda en pie: la torre de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción. La levantó en 1535 el obispo Fray Tomás de Berlanga. Primero fue de madera, frágil como todas las cosas de aquel tiempo. Luego, entre 1619 y 1626, fue reconstruida en piedra y mampostería. Hoy es el testigo silencioso de todo lo que ocurrió allí. El visitante puede ir hasta lo más alto. Tiene 115 escalones, divididos en tres niveles. A medida que observaba la torre sentí una sensación difícil de explicar. No era solo admiración. Era algo más profundo: una especie de tristeza que se colaba entre las piedras. Pensaba en la ciudad que ya no estaba. En los niños que jugaron en esas calles. En las campanas que alguna vez llamaron a misa. En el ruido de los mercados, en los barcos llegando desde lejos. Todo eso desapareció.

 

 

Mientras caminaba examiné con detención los restos de la ciudad extendidos sobre la hierba: muros rotos, bases de edificios, caminos que ya no llevan a ninguna parte. Más allá del mar miré ese paisaje largo rato. Sentí también nostalgia y angustia. Nostalgia por la ciudad que alguna vez existió. Angustia por pensar cuántas veces la historia humana repite el mismo gesto brutal: construir con esfuerzo durante décadas para que, en una sola jornada de violencia, todo termine reducido a escombros. Las ruinas de Panamá Viejo no son solo piedras antiguas. Son una advertencia. Son el eco de una ciudad que fue poderosa, rica, llena de vida… y que terminó destruida por la codicia y la guerra.

 

 

Al término de mi visita pensé que cada lugar guarda una memoria. Algunos la cuentan con orgullo. Otros, como este, la cuentan con un susurro doloroso. Panamá Viejo no habla fuerte. Pero cuando uno camina entre sus ruinas, escucha claramente lo que dice el silencio.

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Publicado el

11 marzo, 2026

10 Comentarios

  1. Julio Calisto

    Buen escrito, gracias

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  2. M. Eliana Tagle O'Ryan

    Sublime y poético relato. Fotos excelentes. Yo he estado en tres oportunidades en Panamá Viejo, en diferentes décadas y, si bien no oí el susurro del silencio, en cada visita lo disfruté recordando con nostalgia los relatos de nuestra «nana» sobre el pirata Morgan y los altares de oro macizo.
    ¡Muchas gracias!

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  3. Anónimo

    Inmenso relato ..Gracias

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    • G. Delfierro

      Gracias, interesante relato de un area que visite hace mas de 30 anos y no se veia tan Bonita como muestran las fotos. Ademas, para mi Panama Viejo era un area de la ciudad de Panama muy pobre, social y con los mejores Chifas, tan Buenos o mejores que en Lima, area que desaparecio.

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  4. Patricio Reyes Budelovsky

    Felicitaciones Carmen, una vez más, por tus reportajes acerca de lugares especiales del mundo. Son muy ilustrativos y amenos. Talvez alguna vez llegue por ahí de visita.

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  5. Carmen

    Que excelente relato!!!!Lleno de poesía e historia! Me encantó!!!

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  6. Pedro Mattar

    Excelente relato de una ciudad más de nuestra america morena extinguida, dolorosamente perdida en el tiempo y resguardada por el viento, complice del silencio.

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  7. Rodrigo

    Debe ser sobrecogedor estar ahí, respirando una historia que huele a pólvora y a miedo. Es triste saber que ganaron los bandidos y solo quedaron las ruinas de lo que fue un emplazamiento tan importante. Buena crónica, Jorge, casi pude sentir la desolación.

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  8. Luis Silva

    A medida que leía el relato era como estar caminado entre esas ruinas, respirando el aire caluroso, gracias Jorge por este pequeño viaje.

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  9. Adolfo L.

    Me sentí leyendo una breve novela, pero con conexión con mi país… La destrucción, es más barata que la creación.

    Hermoso lugar al parecer, espero visitarlo alguna vez.

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