TEXTO Y FOTOGRAFÍAS: Marcela Frauenberg
Mi viaje comenzó con una pequeña misión familiar que me llevó hasta La Croix-en-Touraine, un tranquilo pueblo en pleno Valle del Loira. Quería buscar unas cartas y recopilar algunos datos sobre mis antepasados. Por lo que partí en tren desde Suiza, donde yo vivo, una forma de viajar que disfruto. Desde Basilea hasta París son apenas unas tres horas que pasan sorprendentemente rápido mirando el paisaje, tomando un café y disfrutando de esa agradable sensación de comenzar un viaje sin aeropuertos, controles ni demasiadas complicaciones.





Desde París continué hasta La Croix-en-Touraine, donde pasé dos noches. El tiempo se me fue volando entre mi pequeña investigación familiar y los paseos por los alrededores. Es una zona tranquila, verde y llena de historia, donde pareciera que a cada rato aparece un castillo detrás de una curva. Y, por supuesto, estando en el Valle del Loira había que visitar alguno. Uno de ellos fue el precioso Château de Chenonceau, probablemente uno de los castillos más elegantes y románticos de la región. Construido sobre las aguas del río Cher, parece casi flotar sobre él. Sus galerías atraviesan el río, los jardines están cuidados hasta el último detalle y todo el conjunto tiene esa belleza tan francesa que parece haber sido diseñada pensando en la fotografía perfecta. También aproveché de visitar el Château Royal d’Amboise, aunque allí cometí uno de esos pequeños desastres que solamente se descubren después de un viaje: no saqué fotos. Después de dos días en el Valle del Loira regresé a París y ahí comenzaba mi verdadero desafío. No era Notre-Dame ni la Torre Eiffel. Era mi inexistente sentido de la orientación. Las ciudades enormes siempre me han intimidado un poco y París no era precisamente el mejor lugar para poner a prueba mis capacidades. Llegué por la mañana preguntándome si realmente conseguiría moverme sola por semejante ciudad sin terminar caminando durante horas en la dirección contraria, lo que me sucede a menudo.




Mi hotel estaba en Saint-Germain-des-Prés, un barrio precioso y, además, maravillosamente céntrico. Dejé las maletas y salí a caminar con un objetivo claro: quería conocer la recién restaurada Notre-Dame. Comencé mi recorrido intentando prestar atención a todo lo que pudiera servirme como punto de referencia para encontrar el camino de vuelta. Una esquina, una tienda, una plaza, un café. Cualquier detalle podía convertirse más tarde en mi salvación. Pero Saint-Germain no ayuda demasiado a mantener la concentración. Sus pequeñas calles, tiendas, cafés y escaparates hacen que una se detenga permanentemente. Y entonces apareció un bar de ostras que justo estaba abriendo. Me detuve y miré el reloj, ya eran las doce. Perfecto. Mi madre siempre decía que antes de las doce no correspondía tomar vino. Así que entré. Probé cuatro tipos diferentes de ostras acompañadas por una buena copa de vino blanco. Fue una excelente decisión. Salí con energías renovadas y, curiosamente, París ya no me parecía tan enorme ni mi sentido de la orientación tan preocupante.







Continué hacia Notre-Dame bordeando el Sena y disfrutando de los famosos bouquinistes, esos tradicionales puestos verdes instalados junto al río donde se venden libros antiguos, grabados, fotografías, láminas y postales. Forman parte del paisaje de París y tienen algo encantador: uno puede detenerse a curiosear sin ninguna intención de comprar y terminar varios minutos después hojeando un libro que ni siquiera sabía que necesitaba. Seguí caminando y finalmente apareció Notre-Dame. Me quedé un buen rato contemplándola desde fuera. Después del terrible incendio de 2019, verla nuevamente restaurada resulta emocionante. El trabajo realizado buscó devolverle fielmente su aspecto anterior y nuevamente se puede admirar su arquitectura, sus torres, esculturas y detalles como durante tantos siglos. Sabía que para entrar podía encontrarme con largas filas y no tenía ninguna intención de pasar parte de mi breve estadía en París esperando en una cola. Decidí volver por la tarde para asistir a la misa vespertina y conocer entonces su interior.


Mientras tanto seguí caminando por las orillas del Sena, sin demasiados planes, que empezaba a parecerme una estupenda manera de recorrer París. Me llamaron especialmente la atención las embarcaciones amarradas junto al río, algunas convertidas prácticamente en pequeñas casas flotantes, llenas de plantas, mesas y rincones, donde imaginé que se debían disfrutar magníficos aperitivos al final de la tarde. Y entonces descubrí el Batobus. El sistema es muy sencillo: se compra un pase y uno puede subir y bajar del barco en diferentes paradas a lo largo del Sena. Para recorrer París es una maravilla y, en mi caso particular, tenía además una enorme ventaja: mientras el río no cambiara de lugar, mis posibilidades de perderme disminuían considerablemente. Me subí y navegué hasta la Torre Eiffel. Era sábado y estaba, como era de esperar, rodeada de turistas. Como yo ya había subido dos veces en viajes anteriores, esta vez no sentí ninguna necesidad de conquistarla nuevamente. Preferí algo bastante más relajado: sentarme a disfrutar de un rico almuerzo con la Torre Eiffel frente a mí.







Después emprendí tranquilamente el regreso caminando junto al Sena. A lo largo del río, los parisinos habían instalado sus pequeñas sillas de lona y mesitas portátiles. Algunos conversaban, otros leían, compartían algo para beber o simplemente disfrutaban de los rayos de sol. Había llegado a París pensando en todas las cosas que había que ver y, poco a poco, estaba descubriendo que lo que realmente me gustaba era simplemente estar en París. Por la tarde regresé a Notre-Dame y entré para asistir a misa. Fue una experiencia completamente distinta a visitar la catedral simplemente como turista. Pude contemplar con tranquilidad el interior restaurado, sus bóvedas, la luz y los detalles de una construcción que vuelve a recibir visitantes después de años de trabajos. Pero, lo que más me impresionó fue escuchar su magnífico órgano con el sonido llenando la catedral lo que significa una experiencia única.







Cuando salí ya estaba terminando el día. Busqué un típico restaurante francés y me senté a disfrutar de un confit de canard con papas, acompañado, naturalmente, por una copa de vino. Y encontré perfectamente el camino de regreso al hotel sin perderme en París. A la mañana siguiente me levanté temprano y salí nuevamente a caminar. Mi primera parada fueron los Jardines de Luxemburgo y fue una estupenda idea visitarlos a esa hora. Había poca gente y se podía disfrutar de la tranquilidad de sus senderos, de los árboles, de las decoraciones florales y de las numerosas esculturas distribuidas por todo el parque. Entre ellas se encuentran las conocidas estatuas de las “Reinas de Francia y Mujeres Ilustres” que rodean una de las terrazas del jardín. Pero uno de los rincones que más me gustó fue la Fuente de Médici, encargada en el siglo XVII por María de Médici. Está rodeada de árboles y frente a ella se extiende un largo estanque. Es un rincón tranquilo, casi escondido, donde dan ganas de sentarse un rato y simplemente mirar.





Después de aquel agradable paseo continué hacia el Panteón. También allí tuve la suerte de llegar temprano y encontrar muy poca gente. El edificio impresiona apenas uno entra por sus enormes dimensiones y su arquitectura, pero lo más interesante está en su historia y en las personas que descansan allí. El Panteón fue originalmente concebido como una iglesia dedicada a Santa Genoveva y posteriormente se convirtió en el lugar donde Francia honra a algunas de las figuras más importantes de su historia. En su cripta se encuentran las tumbas de Voltaire, Rousseau, Victor Hugo, Émile Zola, Alexandre Dumas y Marie Curie, entre muchos otros. Recorrer aquellos pasillos casi en silencio y encontrarse de pronto frente a nombres que una conoce desde siempre tiene algo especial. En el interior se encuentra también el famoso Péndulo de Foucault, con el que Léon Foucault demostró en el siglo XIX la rotación de la Tierra. Una está allí tranquilamente mirando cómo se mueve un péndulo para descubrir que, en realidad, quien se está moviendo es el planeta entero. Bastante para una mañana de domingo.







Desde el Panteón seguí caminando nuevamente hacia el Sena y después me interné en el Barrio Latino paseando por sus calles, llenas de restaurantes, bares, pequeños bistrós y cafés. Es un barrio animado, perfecto para caminar sin rumbo fijo, mirar escaparates y detenerse donde algo llame la atención. Elegí uno de aquellos lugares para mi último almuerzo antes de regresar a Suiza. Sentada allí pensé en lo diferente que había sido esta visita a París. Esta vez no había sentido ninguna presión por recorrer todos sus monumentos ni por tachar lugares de una lista. Ya había estado anteriormente en la Torre Eiffel y en varios de sus sitios más conocidos, así que me permití algo que muchas veces olvidamos hacer cuando viajamos: bajar el ritmo. Caminé sin apuro. Miré pequeñas tiendas. Me detuve a comer ostras porque sí. Curioseé entre los bouquinistes. Observé las casas flotantes del Sena. Navegué en el Batobus y descubrí que es una estupenda manera de desplazarse. Permite descansar un poco los pies, evitar parte del tráfico y, al mismo tiempo, seguir disfrutando de la ciudad desde el Sena. Me senté a almorzar mirando la Torre Eiffel y disfruté viendo a los parisinos instalar sus sillas junto al río para aprovechar una tarde de sol. Y fue precisamente así como sentí que había descubierto otro París. Uno menos monumental y quizás mucho más cercano.

Finalmente llegó la hora de recoger mi maleta y tomar el tren de regreso a Suiza. Volvía con algunos datos más sobre mis antepasados, imágenes de castillos reflejándose sobre el agua, kilómetros caminados, cuatro tipos de ostras degustadas como corresponde después de las doce y, sobre todo, una pequeña victoria personal. Había llegado a París con cierto temor a enfrentarme sola a una ciudad tan grande y me iba completamente fascinada. Comprendí que no hace falta conquistar una ciudad ni conocerla entera. Tampoco es necesario correr de un monumento a otro tratando de verlo todo. A veces basta con elegir un barrio, caminar, detenerse cuando algo llama la atención y dejar que la ciudad vaya apareciendo poco a poco. Regresé a Suiza con muchas más ganas de volver. Quedan barrios por recorrer, cafés donde sentarme, rincones por descubrir y seguramente muchas otras ostras que necesitan ser degustadas.











