TEXTO Y FOTOGRAFIAS: Bernardita del Solar Vera
La travesía de Adelaide a Melbourne fue en pleno julio – invierno australiano – y aunque se tiene la impresión de que el clima es siempre cálido en ese lejano país, lo cierto es que hacía bastante frío. Lluvias, sol esplendoroso, ventarrones y una multitud de arcoíris nos acompañaron por toda la ruta. Con los primeros rainbow nos sorprendimos, y gritábamos cada vez que veíamos uno. Pero, después, se transformaron en paisaje habitual. Era parte de la diversión ir contándolos. Llegamos a sumar hasta seis en un solo día.


Ya en la carretera, rumbo al sudoeste, a unos 400 kilómetros de Adelaide llegamos a Mount Gambier, una tranquila ciudad, que esconde debajo de sus calles una historia violenta ocurrida hace miles de millones de años. Está rodeada de lagos y volcanes, y en pleno centro existen unas cuevas conformadas de lava y piedra caliza, que fueron talladas por las aguas subterráneas. Los primeros habitantes se encontraron con huellas de la batalla geológica que hoy se hay transformado en un atractivo turístico. Una de ellas es la Engelbrecht Cave, a través de la que descendemos al mundo subterráneo de Mount Gambier. Arriba están las avenidas, las casas y los parques; abajo existe un sistema de cuevas, piedras y agua que se pueden recorrer con la ayuda de un guía. En pleno centro de la ciudad, aparece un gran agujero, Cave Gardens, donde está el sumidero de Umpherston. Se trata de un profundo cráter cubierto de helechos y enredaderas, donde después de la lluvia, se forman cascadas que bajan hacia el interior de las cuevas. Todo un panorama donde se pueden ver animales como zarigüeyas y possum.




Saliendo hacia los suburbios enfilamos hacia el Blue Lake. El lago ocupa un inmenso cráter de un antiguo volcán y su color cambia durante el año: en los meses cálidos adquiere el azul intenso que le dio su nombre, en los meses de invierno es más gris. De allí, se saca el agua potable que se consume en la ciudad. Para los amantes de la caminata, más de tres kilómetros de senderos bordean el lago que desembocan en distintos miradores. Desde ahí, seguimos hacia el oeste y en algún momento, se nos aparece la gran protagonista de la travesía, la Great Ocean Road, que se inicia en Torquay, una de las capitales australianas del surf. Entonces, la carretera se convierte en una sucesión de curvas, miradores, faros y pequeñas localidades costeras. En las verdes planicies a cada lado del camino pastan ovejas y vacunos y se divisan un poco más lejos, grandes bosques de eucaliptos que desprenden ese aroma característico que acompaña buena parte de los viajes por Australia. La historia de esta carretera es tan extraordinaria como el paisaje que atraviesa. Fue construida por soldados australianos que regresaron de la Primera Guerra Mundial y que, durante años, trabajaron en condiciones extremadamente difíciles para abrir una vía entre los acantilados y los bosques.







Una parada obligada en esta ruta es Apollo Bay, un pequeño pueblo costero protegido entre las montañas y el océano, con una larga playa y una atmósfera relajada donde nos quedamos dos días que nos recuerdan las playas de la séptima región de Chile. Uno de los grandes atractivos de Apollo Bay es que funciona como puerta de entrada al Great Otway National Park. A pocos kilómetros de la costa aparecen bosques templados húmedos, helechos gigantes, flores y cascadas. Y para los niños es fascinante jugar a encontrar koalas descansando en las ramas de los eucaliptos, su hábitat y su comida favorita.







Siguiendo la ruta, el camino se hace más escarpado entre acantilados y curvas que nos llevan hasta los famosos «Doce Apóstoles» que son una de las postales más típicas de Australia. Estas son unas enormes columnas de piedra caliza que se elevan desde el océano que la erosión continúa modificando. Vale aclarar eso sí, que el número es un mito porque nunca hubo doce columnas simultáneamente. El lugar tiene senderos y miradores cortos de aproximadamente 1,1 km para observar las formaciones desde distintos ángulos. Nosotros llegamos al caer de la tarde, que es la hora recomendada debido a que la luz cambia el aspecto de las formaciones. Los colores pasan de tonos dorados a naranjas y rojizos cerca del atardecer. Sin embargo, llovía y un viento helado te volaba, bajo un cielo muy nublado. Pese a que las vimos en tonos de gris, el lugar impacta por su belleza.







Poco a poco, dejamos atrás el camino costero y enfilamos hacia la autopista que nos llevó a Melbourne. Una ciudad cosmopolita y entretenida que daría para más de un artículo completo. Pero como este viaje ha sido una travesía familiar voy a recomendar solo tres cosas: caminar por Hosier Lane, el sector de los grafitis en pleno centro; dar una vuelta en el antiguo tranvía que recorre en dos horas los puntos más importantes de la ciudad y visitar el Museo de Melbourne. Su principal atracción son los dinosaurios y fósiles, en especial Horridus, un esqueleto de Triceratops de aproximadamente 67 millones de años, que es una pieza extraordinaria porque es uno de los más completos que se ha encontrado. El museo es muy didáctico y los visitantes, en especial los niños, pueden realizar un aprendizaje interactivo descubriendo la evolución del mundo, cómo funciona el cerebro, los animales del mundo y de Australia, y la recreación de un bosque húmedo por el cual pasear y descubrir animales y plantas.







En este relato empezamos en Adelaide contando la historia de quienes llegaron desde lejos para construir una nueva vida en una ciudad que recibió grandes oleadas de inmigrantes en el siglo XX, en una mezcla de pasado y tradición. Terminamos en Melbourne, la capital del estado de Victoria, que muestran una Australia moderna y multicultural mil kilómetros después.














Paisajes mostrando su inmensa belleza colmada de desafíos y riqueza para beneficio de los australianos, quienes no conformes con lo que les brindado por su naturaleza, se aventuran a conquistar desafíos fuera de sus fronteras, entregando experiencia, conocimiento y real interés de aportar además atrayentes aportes de capital de inversión asociándose con lejanos vecinos que abren sus puertas para que así sea y lo demuestra múltiples y duraderos ejemplos.