TEXTO: Jorge Díaz Saenger – FOTOGRAFÍAS: Jorge Díaz y Bendito Planeta.
Hay ciudades que uno visita y hay ciudades que a uno lo visitan. Florencia pertenece, sin duda alguna, a esta segunda categoría. Uno puede volver a casa, cruzar el océano, retomar la rutina de siempre, y, aun así, en algún momento del día —quizás mirando por la ventana, quizás en el silencio de la tarde— algo regresa: el color ocre de sus tejados bajo el sol, el rumor del Arno deslizándose entre sus orillas de piedra, el eco de los propios pasos sobre adoquines que llevan siglos contando historias. Desde siempre, todos los que han estado allí repiten lo mismo: «Tienes que conocer Florencia.» Es una de esas frases que uno escucha tantas veces que casi pasa a ser un lugar común. Hasta que uno llega. Hasta que uno dobla la primera esquina y se encuentra de frente con la cúpula de Santa María del Fiore, y entonces entiende —con el estómago apretado y los ojos muy abiertos— que no había exageración alguna. Que ninguna fotografía, ninguna pantalla, ninguna descripción alcanza a prepararte para ese momento.

«Caminar por sus calles hasta cansarse genera una sensación tan rica, al saber que se está en un lugar que albergó, en otro tiempo, a tanto genio del arte.»
Florencia no es solamente una ciudad hermosa: es una ciudad que sabe que lo es. Lo lleva en los huesos, en la piedra, en cada fachada que mira hacia la calle con esa mezcla de orgullo y serenidad que solo da el tiempo. Fue capital de Italia entre 1865 y 1871, durante el turbulento proceso de unificación. Pero su mayor esplendor llegó antes, mucho antes, cuando los Médici extendieron su sombra sobre la Toscana y convirtieron esta ciudad en el corazón cultural, económico y financiero del mundo. Bajo el Gran Ducado, Florencia respiró arte por cada poro. Fue el taller donde el Renacimiento aprendió a caminar. Uno lo siente al desplazarse por sus calles. Hay algo en el aire de Florencia, algo que no es turismo, que invita a bajar el ritmo, a mirar hacia arriba, a preguntarse qué ojos vieron estas mismas paredes hace quinientos años. Las respuestas, claro, están por todas partes.




Hay que decirlo sin rodeos: el Domo de Florencia es una de las visiones más impactantes que puede encontrarse en Europa. La cúpula de Santa María del Fiore, diseñada por Brunelleschi con una audacia que sus contemporáneos consideraron casi milagrosa, se alza sobre la ciudad con una calma sobrenatural. Las tejas de terracota que la cubren tienen ese color cálido y antiguo que parece pintado a mano por el atardecer. A su lado, el campanario que diseñó Giotto completa una estampa que ha resistido siglos sin perder un gramo de su poder. No es casual que algunas escenas de la célebre serie española” La Casa de Papel” hayan sido filmadas aquí. Hay algo en el Domo —en su majestuosidad contenida, en la perfección de sus proporciones— que lo convierte en telón de fondo ideal para historias grandes. Y, sin embargo, ninguna ficción supera la realidad de estar frente a él.





Si el exterior de Florencia ya es extraordinario, sus interiores pertenecen a otra dimensión. En la Galería de la Academia, al final de un corredor que parece prepararte para algo grande, aparece el David de Miguel Ángel. Cinco metros y medio de mármol blanco. Una figura humana llevada a una perfección que parece imposible. Uno lo mira y no sabe bien qué siente, si admiración o algo parecido a la vergüenza de haberse olvidado de que el arte puede llegar tan lejos.


Para entender Florencia hay que caminar junto al Arno. El río que la atraviesa de este a oeste no es solo geografía: es el pulso de la ciudad, el hilo que une sus dos orillas, sus dos tiempos, sus dos caras. El paseo por su borde, especialmente al caer la tarde cuando el agua se tiñe de naranja y los edificios se reflejan en su corriente lenta, es uno de esos momentos que uno guarda sin necesidad de fotografiar.







Y al otro extremo del paseo, casi inevitablemente, aparece el Ponte Vecchio. El puente más antiguo de la ciudad, construido en la época medieval, es hoy una calle suspendida sobre el agua, flanqueada por pequeñas joyerías que exhiben sus diseños en vitrinas de madera y cristal. Es el único puente que sobrevivió a los bombardeos nazis en la Segunda Guerra Mundial —según se dice, por orden expresa de Hitler, que no quiso destruir lo que él mismo admiraba— y esa historia de supervivencia le da una dimensión adicional, casi sagrada. Caminar sobre el Ponte Vecchio es caminar sobre algo que resistió cuando todo lo demás caía.




El centro histórico de Florencia, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, exige tiempo. Exige, sobre todo, la voluntad de no tener prisa. La Basílica de Santa Cruz, donde descansan los restos de Miguel Ángel, Galileo y Maquiavelo, tiene esa atmósfera solemne y fría de los lugares que guardan demasiada memoria. El Palazzo Vecchio, con su torre que domina la Piazza della Signoria, fue durante siglos el centro político de la ciudad y hoy sigue mirando a los transeúntes con esa autoridad tranquila que da tener ochocientos años de historia. En cada rincón, en cada esquina, en cada detalle de piedra labrada, Florencia recuerda que fue —y sigue siendo— una de las ciudades más hermosas que el ser humano ha construido jamás. No hace falta ser experto en arte ni conocer los nombres de todos los artistas para sentirlo. Basta con llegar, abrir los ojos y caminar. El resto lo hace la ciudad.












Qué buen reportaje sobre Florencia!! Me hizo caminar otra vez por la maravillosa ciudad de Leonardo, sentir los rumores del río, y recordar lo que es la felicidad de viajar… La gracia no está en sólo escribir, sino en despertar en uno la memoria de volver a vivir…
Una descripción que encanta para una ciudad que es una maravilla. Me hizo recordar cuando la visitamos años atrás, y me sentí feliz de haber estado ahi.
Una ciudad inolvidable, por cierto. En particular para los que aprecian el arte. Muy buen artículo, excelente descripciones e imágenes. ¡Florencia revisitada!
Doña Carmen, trato honorífico. Preciosa reseña recuerfo con conocimiento profundo, refinado y muy sensible. Florencia lo inspira y merece
Gracias. Motivafir!!
Muy buen relato de Florencia, una ciudad maravillosa llena de arte e historia. Me hizo recordar cada esquina, cada lugar plagado de magia y belleza
Es un placer tan grande recorrer nuevamente Florencia narrada por Jorge Diaz, gracias!
Florencia en la pluma de Jorge es aún más maravillosa. Una ciudad que se puede visitar una y otra vez y admirarse siempre.
Gracias!
Precioso relato, un verdadero poema de una ciudad maravillosa que realmente dan ganas de volver una y otra vez. Excelente Jorge!
Volver a recorrer Florencia donde he estado al menos unas seis o más veces es redescubrirla una vez más y esta vez tomada del brazo de Jorge Diaz Saenger. Se agradecen las preciosa fotografías que acompañan el relato, como siempre con poesía.
Jorge sabe mirar y va más allá de lo obvio, lo relata con buen lenguaje y conocimiento
Gracias por haberme hecho volver a esa ciudad del esplendor de los Medici que uno nunca se cansará de revisitar.
Felicito a Jorge Diaz por su magistral y poética descripción de Florencia, ciudad que cautiva el corazón de todos quienes la visitan.
Excelente relato de Florencia, con la poesia de su autor regresé una vez más a Florencia, y camine acompañandolo por la ciudad, su prosa delicada me llevó a Santa Maria del Fiore, al Arno y su magnifico Puente Vecchio, a la Plaza de la Signoria, centro de la ciudad medieval y ejemplo del renacimiento de una ciudad tan bella que no quiso ser capital, renunció a ese destino, porque sin serlo, fue cuna de los más grandes, miguel Angel y David, su gigante de marmol; los Médici, el Giotto, Brunelleschi y su arquitectura desafiante; Galileo Galilei, el astrónomo defenzor del heliocentrismo, condenado finalmente de por vida a vivir en arresto domiciliario, por decir la verdad; Maquiavelo el y la diplomacia moderna, y tantos, tantos otros. Para que ser entonces capital, si con ellos casi se dijo todo hace siglos y sus obras, como estandarte siguen iluminandonos.