EL CAIRO | Ciudad que remece culturas

 

NOTA DE LA REDACCION – Comunicadora científica y escritora con más de 35 años en divulgación de ciencia, medioambiente, innovación tecnológica, energía y desarrollo sostenible -con experiencia en proyectos nacionales e internacionales- Lilian Duery se enamoró de su profesión tras licenciarse de Química en la Universidad de Chile. Como periodista y columnista, se desempeñaría luego en El Mercurio durante 15 años. Hoy, consultora experta en el sistema de Naciones Unidas, destaca además como autora y editora de libros de divulgación científica con más de 8.000 artículos escritos, respaldada por una trayectoria que la iluminó aún más desde que visitó una ciudad egipcia esencialmente turística y por segunda vez El Cairo, cuya comparación sirvió de intensa reflexión al observar dos realidades tan diferentes, como ella lo comparte en este relato.

 

TEXTO: Lilian Duery Asfura – FOTOGRAFÍAS: Lilian Duery y agencias.

 

De las numerosas ciudades que afortunadamente he conocido por mis viajes de trabajo como periodista científica es El Cairo, Egipto, la que más fuertemente remeció mi propia cultura. Tanto, que cambió mi mirada de cómo concebía las usanzas en las urbes e incluso en la elaboración de mis proyectos en torno a la energía renovable, el cambio climático en curso y la masificación de los vehículos eléctricos. Más indescriptible fue mi atolladero emocional al comparar esa ciudad con mi primer recorrido por este país: Sharm el Sheikh, ciudad impecable, prácticamente nueva y llena de esculturas egipcias para recibir a sus turistas y asistentes a congresos. Todos sus hoteles son de lujo y donde me alojé podía pasear por sus jardines hasta bajar a un muy poco pronunciado roquerío que lleva al Mar Rojo. Mojar mis pies en esas aguas bíblicas fue un regalo asombroso.

 

 

De ahí, después de un vuelo de una hora, llegué a esa antigua ciudad islámica, a orillas del río Nilo, la que aloja en sus museos miles de figuras de un pasado faraónico, como sarcófagos tallados con impresionantes jeroglíficos que resguardan las almas para alcanzar la vida eterna. Admirable la paciencia de quienes esculpieron esos sepulcros de maderas, rocas o granitos, según quienes los ocupaban. La caminata por esos tesoros del Egipto de Cleopatra me tomó tres horas.

 

 

En la ciudad contigua, Giza –a la que se arriba en una media hora en automóvil- viví el paseo más inolvidable de mi vida al montar un camello entre medio de arena dura que alojan sus famosas pirámides. El camélido, jovencito, recién entrenado para este trabajo, me cuidó de que no cayera cuando pasaban muy cerca turistas que cabalgaban caballos a gran velocidad. Lo digo porque ese mismo día hubo tres accidentes por esta razón. Nos despedimos con un beso, momento de completa ternura que recuerdo como un instante único e impensable antes para mí.

 

 

En el Cairo comenzó mi estremecedor viaje formativo. Impresiona ser parte de esa ciudad ajetreada de gente, tráfico y comercio callejero. Pero lo que más me impactó son sus pisos repletos de colillas de cigarrillos, edificios vetustos y, sobre todo, el peligroso cruce de sus avenidas sin semáforos. Temblaba de susto cada vez que tenía que zarandear en medio de los automóviles, todos viejos y a maltraer para continuar con mi camino. Sin embargo, sus ciudadanos se mostraban plácidos y felices. También yo, porque de día o de noche sabía que no me asaltaría nadie con el afán de robarme. No exactamente por su seguridad extremadamente estricta y un código penal severo que castiga delitos simples, como hurtos, con cárcel o trabajos forzados, y si son mayores, o sea, con violencia, cuyos malhechores reciben condenas de prisión prolongada.  Lo admirable es que los índices de robos son extremadamente bajos esencialmente por cuestiones netamente religiosas, ya sea por su población musulmán, la gran mayoría o a cristiana copta (egipcia). Robar es considerado un pecado mortal y una deshorna familiar inaceptable.

 

 

Aunque es una urbe altamente contaminada, brilla igualmente, sobre todo hasta las 11 de la noche o más, excepto los viernes, con sus laberintos de bazares, malls, grandes tiendas y puestos que expende exquisitos frutos secos a muy bajos costos para una chilena (dátiles, pistachos, avellanas, castañas de cajú). Se siente el vibrar de una ciudad que acoge con remembranzas del pasado. Diría que solo se paraliza por algunos instantes con sus oraciones cinco veces al día con altavoces que las anuncian desde los altos de sus bellas mezquitas, epicentro de la vida social de los barrios. Realmente la fe de los musulmanes es poderosa. Conversé con jóvenes, hombres, muy cultos, quienes aseguraban su salvación al final de sus vidas porque Mahoma intercedería ante Alá, Dios único, para el perdón de sus faltas humanas.

 

 

Otra observación muy curiosa que no quiero omitir de las ciudades de El Cairo o Giza es la multitud de gatos por doquier.  Sus espacios citadinos o de mayor afluencia turística pueden estar sucios o polvorientos, pero no estos felinos que conviven cotidiana y libremente por cualquier rincón, incluyendo sitios para tomar el llamado café turco, sea de paso sin parangón al que se vende en un supermercado chileno. Al igual que Estambul, se les entrega agua, comida y mucho cariño. Son simplemente ciudadanos sagrados hasta el presente.

 

 

Todo como si se viviera en un tiempo detenido, en un laissez faire tan propio como su fe inagotable que acompaña.

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Publicado el

17 junio, 2026

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