TEXTO: Jorge Díaz Saenger – FOTOGRAFÍAS: Jorge Díaz y agencias
Hay lugares que se conocen una vez. Y hay otros que sólo comienzan a revelarse cuando uno vuelve. Con Isla de Pascua me ocurrió lo segundo.

La primera vez que llegué a Rapa Nui fue en 1980, invitado por la nave Talcahuano de la Hermandad de la Costa. Era un viaje que tenía algo de aventura y de privilegio. Durante años he sentido fascinación por las islas de nuestro litoral. Siempre me han atraído esos territorios rodeados de agua, aislados del continente, obligados a desarrollar una personalidad propia frente a la inmensidad del océano. Pero Rapa Nui ocupa un lugar distinto en mi imaginación. No es sólo una isla. Es un misterio. Durante décadas había visto fotografías de los moáis mirando hacia el interior de la tierra, había leído sobre antiguos navegantes polinésicos y escuchado historias sobre una cultura capaz de levantar monumentos gigantescos en medio de uno de los lugares más aislados del planeta. Sin embargo, nada de aquello alcanzaba a prepararme como visitante para la experiencia real.





Años después regresé por segunda vez. Esta vez no había invitaciones especiales ni compromisos. Viajé únicamente por el deseo de reencontrarme con la isla y descubrir aquello que en la primera visita había quedado pendiente. Y comprendí algo apenas descendí del avión. La emoción del regreso era distinta a la emoción del descubrimiento. La primera vez había llegado buscando respuestas. La segunda, dispuesto a escuchar preguntas. Desde la ventanilla del avión observé cómo la isla emergía en medio de una inmensidad azul que parecía no terminar nunca. No había cordilleras en el horizonte ni ciudades cercanas. Sólo océano. Miles de kilómetros de océano. Fue entonces cuando volví a experimentar una sensación difícil de describir: la conciencia física del aislamiento. En el continente solemos hablar de distancia como una cifra. En Rapa Nui la distancia se convierte en una experiencia. Uno siente que ha llegado a otro mundo, a un territorio suspendido entre el cielo y el mar.

Los días siguientes recorrí nuevamente los lugares emblemáticos de la isla. Volví al Parque Nacional Rapa Nui, donde se concentra gran parte del legado arqueológico de la cultura ancestral. Caminé entre ahus y moáis con una calma que no tuve la primera vez. Ya no me interesaba únicamente fotografiarlos. Quería permanecer junto a ellos. Observándolos durante largos minutos descubrí algo que las imágenes nunca muestran: el silencio. Los moáis no impresionan solamente por su tamaño. Impresionan porque parecen formar parte del paisaje desde siempre. Como si hubieran brotado de la roca volcánica y estuvieran allí para recordar una historia que los visitantes apenas alcanzamos a comprender.

Una mañana regresé a Rano Raraku. La cantera donde nacieron la mayoría de las estatuas sigue siendo uno de los lugares más sobrecogedores que he conocido. Decenas de figuras permanecen semienterradas en las laderas, como gigantes detenidos a mitad de un sueño. Recuerdo haber permanecido largo rato contemplando aquellas esculturas inacabadas. Pensé en los hombres que las tallaron siglos atrás, utilizando herramientas rudimentarias y una voluntad que hoy parece imposible de imaginar. Pensé también en las preguntas que aún no tienen respuesta y en cómo el misterio, lejos de disminuir con el tiempo, parece crecer. Tal vez sea esa la verdadera magia de Rapa Nui. La isla nunca termina de explicarse.







También regresé a Anakena. La playa conserva esa belleza inesperada que desconcierta al visitante. Arena blanca, cocoteros y aguas transparentes en medio de una isla volcánica perdida en el Pacífico. Allí, junto al Ahu Nau Nau, observé durante largo tiempo el movimiento del mar. El océano parecía respirar. Las olas llegaban desde lugares imposibles de imaginar, después de recorrer miles de kilómetros sin encontrar otra tierra. Y en ese instante comprendí que la relación de los rapanui con el mar es mucho más profunda de lo que solemos entender desde el continente. El océano no es una frontera. Es un camino. Es memoria. Es identidad. Incluso las actividades más simples adquieren otro significado en la isla. Al sumergirme en sus aguas cristalinas sentí la extraordinaria transparencia del Pacífico. La visibilidad parece extenderse hasta el infinito. Bajo la superficie reina una tranquilidad que refleja el espíritu mismo de la isla. Uno emerge del agua con la sensación de haber estado suspendido en otro tiempo.






Pero más allá de los paisajes y los monumentos, lo que permanece en la memoria son las personas. La amabilidad de los habitantes, el orgullo con que hablan de su cultura, el respeto por las tradiciones y la naturalidad con que conviven con un patrimonio que el mundo entero admira. Quizás por eso cada visita a Rapa Nui termina convirtiéndose en una reflexión sobre nuestra propia identidad nacional. Resulta sorprendente que muchos chilenos conozcan mejor ciudades extranjeras que esta isla extraordinaria que forma parte de nuestro territorio. Rapa Nui no es solamente un destino turístico. Es una lección de historia, de resistencia cultural y de relación con la naturaleza.

Al abandonar la isla por segunda vez experimenté una sensación extraña. No sentía que me estuviera despidiendo de un lugar, sino de una presencia. Porque Rapa Nui posee algo difícil de encontrar en otros destinos: una personalidad propia, una energía que permanece en el recuerdo mucho después del regreso. Es así como ese viaje continúa aún cada vez que mi memoria vuelve a ese pequeño territorio de piedra, viento y mar que los antiguos llamaron el ombligo del mundo.












Hermoso y profundo relato. Chile debiese ocuparse más de ese museo viviente único en el mundo!
Qué emotivo relato Jorge, desde ls sensaciones, desde los sentimientos! Gracias! Preciosas fotos además!
Que cierto lo que el dice: «Rapa Nui posee algo difícil de encontrar en otros destinos»
Este año en Abril la visite por tercera vez y espero no sea la ultima vez.
Excelente relato y fotografias.
El relato trae a la memoria recuerdos del misterio, belleza y atracción de la Isla. Siempre se quiere regresar.
Gracias a BenditoPlaneta por publicar un relato de este lugar que debe ser cuidado y en lo posible visitado
Gracias una ves mas. Tuve la suerte de visitor la Isla en 1974. Era aun un lugar primitive con slo un pequeno hotel. Nos alojamos en.la casa de un pasquence que nos llevo a conocer la Isla por todos ladies y parties que no eran normales a los visitantes. Al irnos despues de casi un semana de estar ahi, solo me acepto el Pago programado por nuestra estadiaen su casa pero no nada additional porque me declare su hermano por lo que compartimos en nuestra visita. Aunque largo quiero agregar algo del presente. Un companero de trabajo , chileno, quiso repatriarse a Isla de Pascua. Primero encontro que no podia comprar tierra o propiedad porque solo lo pueden hacer los natives o decendientes. Una dama Pascuence le propuso matrimonial, a pesar de estar e l casado; para que pudiera ser terrateniente. No accepto. Ademas encontro que la Isla havia cmbiado desde sus visisitas anteriores con hoteles, la falta de la tropical de caballos salvage etc. y desistio
Gracias Carmencita por este reportaje. Siempre se nos entregan nuevos ángulos sobre esa fascinante Isla de Pascua. Espero visitarla personalmente algún día. Felicita al autor de mi parte. Con cariño y gratitud de Juan Pablo y Vicky.
Un arquitecto viejo como yo, que tuvo la suerte de visitar gran parte del mundo en que vivimos, comparto plenamente lo arriba descrito… no hay nada que se aproxime ni se compare a la deslumbrante belleza de la isla de pascua.