Mientras recorría la Catedral Metropolitana de Panamá, esperaba encontrar imágenes de los grandes santos de la tradición española. Lo que jamás imaginé fue encontrarme frente a San Chárbel, el monje maronita del Líbano, cuyo monasterio había visitado años antes en las montañas de Annaya.

Hasta hoy tengo grabada en mi memoria mi visita a Beirut cuando el embajador de Chile entonces, Pedro Barros, me instó a conocer en las llanuras de Annaya el monasterio de San Chárbel -probablemente el santo oriental con mayor cantidad de testimonios de curaciones reconocidas y atribuidas a su intercesión- que pasó los 23 años últimos de su vida en silencio, oración y pobreza. Y allí, entre cedros centenarios, caminos de piedra y un silencio que parece suspendido en el tiempo, conocí la historia de este asceta, que el Papa Paulo VI canonizó en 1977, siendo el primer santo católico libanés y cuya fama de santidad ha dado la vuelta al mundo. De hecho, el Papa León XIV en su primer viaje visitó su tumba el 1 de diciembre de 2025, donde firmó una declaración conjunta con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé, reafirmando su compromiso.

 

 

Visitar Annaya no es recorrer un gran centro de peregrinación. No hay estridencias, no abundan los vendedores, no existe la sensación de un espectáculo religioso. Por el contrario, todo invita al recogimiento. Los senderos atraviesan un paisaje montañoso, donde el viento parece formar parte de la oración, mientras su tumba recibe a diario personas de todas partes del mundo que conocen su historia, la que se remite a 1828, año en que San Chárbel nació en la localidad de Bekaa Kafra, bautizado como Youssef Antoun Maklouf. Huérfano de padre, un acarreador de mulas que murió cuando él tenía 3 años, desde pequeño se sintió envuelto en una desesperada búsqueda de Dios. Contra los deseos de su madre, a los 23 parte furtivamente al Monasterio de Nuestra Señora de Mayfouk, al norte de Byblos. Y es en el Monasterio de San Marón (santo del siglo V) donde adopta el nombre de Chárbel, mártir de la Iglesia de Antioquia del siglo II. Murió allí mientras celebraba misa el 24 de diciembre de 1898, instancia en que por primera vez se vería en el suelo con su cara descubierta porque, mientras vivió, jamás mostró su rostro. Sólo elevó sus ojos para mirar el cielo. Fue después de su muerte cuando comenzó el fenómeno que lo convertiría en uno de los santos más conocidos del mundo. Numerosos peregrinos afirmaron recibir curaciones inexplicables al visitar su tumba, de la cual -según testimonios de la época- emanó durante años un líquido de aspecto aceitoso.

 

 

Aunque por mucho tiempo se sostuvo el carácter milagroso del aceite que emanaba de su tumba, para la espiritualidad maronita y la Iglesia católica -según me sostuvo el prior de Annaya el día que visité el monasterio- el aceite nunca ha sido el centro de la devoción a San Chárbel. Fue un signo extraordinario que acompañó durante muchos años su tumba y que contribuyó a difundir su fama de santidad, pero la intercesión del santo no depende de que brote aceite. Hoy cuando los peregrinos llegan al Monasterio de San Marón de Annaya, donde descansan sus restos, se les invita por sobre todo a orar con fe.

 

 

Así vivía él… Su cama era un colchón de crin en el suelo, con un pequeño tronco que le servía de almohada y con escasos enseres. Ante lo cual uno se preguntaba cómo este ermitaño de vida extremadamente sencilla, que no fundó congregaciones ni predicó ante multitudes y que en su vida solo pidió una pequeña celda, muy pocas pertenencias, largas horas de oración, trabajo agrícola y la celebración de misa diaria podía, desde su fallecimiento, con su solo nombre, atraer a peregrinos de los países vecinos y luego a toda Europa. Hasta hoy su santuario, los días 22 de cada mes, reúne a multitudes provenientes de todo el mundo.

 

 

Si bien no habría imaginado jamás volver a encontrarme con la imagen de San Chárbel, estando este otoño en Ciudad de Panamá y entrando a la Catedral Metropolitana Santa María la Antigua, ubicada en el Casco Antiguo, me emocionaría ver nuevamente su figura a más de 11.000 kilómetros del monasterio donde vivió. Fue descubrir otro tipo de puente: el que conectaba a Oriente con América Latina. No era sólo una imagen religiosa, sino el testimonio de una devoción que cruzó mares y continentes para instalarse en un lugar, donde miles de personas pueden acercarse a él sin necesidad de viajar hasta el Líbano.

 

 

Comprendí entonces que la historia de este monje libanés ya no pertenece sólo a Oriente. De hecho, Panamá recibió una importante inmigración libanesa desde fines del siglo XIX. Muchos pertenecían a la Iglesia maronita y llevaron consigo la devoción a San Chárbel. Con el paso del tiempo, esa veneración dejó de ser exclusiva de la comunidad libanesa y fue adoptada por muchísimos panameños. Pocas historias demuestran tan bien que la fe no tiene fronteras. Un ermitaño que pasó gran parte de su vida en silencio en una montaña del Líbano, terminó siendo un símbolo de esperanza para miles de personas al otro lado del mundo. Desde Annaya hasta Panamá, San Chárbel sigue uniendo culturas, pueblos y generaciones.