NOTA DE LA REDACCIÓN:  Hace un año Carlos Villas -ex Director y profesor de Departamento de Cirugía Ortopédica y Traumatología de la Clínica Universidad de Navarra en Pamplona- nos describió la pobreza profunda que existe en Burundi, cuando con su título de médico en la mano, recién titulado, quiso partir en misión a Africa. Hoy, desde Madrid, nos relata la experiencia que vivió en el Chile austral junto a su mujer y dos entusiastas amigos chilenos que lo acompañaron.

 

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS: Carlos Villas Tomé

 

 

El atractivo de la belleza y la aventura llevan consigo hoy masificación y riesgo ignorado o poco valorado. «El Paine» es uno de los lugares más grandiosos y bellos de la tierra y ofrece opciones para todos. Opciones sencillas -como visitar el lago Grey desde su hostería o cruzar el lago Pehoé en barco- o extremadamente complejas, como escalar la Torre Central o el cerro Paine Grande, ascendido por primera vez en 1957 y por tercera vez en 2011.

 

 

 El 1º de diciembre de 2025, la directora y alma de Bendito Planeta me contó la muerte de 4 montañeros en el Paine el 27 de noviembre durante un temporal de nieve. Una pena y una pérdida irreparable. Es inexorable. Siempre ha habido muertes en la montaña, más en los lugares más visitados y seguirá habiendo… y en las noticias seguirán saliendo opiniones de que las muertes se podían evitar y de que la culpa la tiene el Gobierno o alguien… Pero, en lugares salvajes con peligros naturales y tiempo cambiante (a veces extremo), hay una parte importante a asumir por el turista, montañero o escalador que forma parte de las reglas del juego y le hacen responsable de su destino. Casi siempre tras una desgracia hay un error de planificación, de equipo, de preparación… con el azar. La vuelta al Paine -La O- es siempre una aventura formidable. Si el tiempo es bueno resulta un disfrute total y, si las condiciones se ponen muy difíciles, puede ser mortal. Esta tragedia detonó que evocase para este relato recuerdos de mi experiencia del 20 al 29 de marzo de 2006.

 

 

Un buen amigo chileno me contó que había hecho dos veces la O y tres la W, y nunca pudo ver cerca las Torres. Siempre le tocó mal tiempo. Vaya por delante que he amado la montaña desde los 17 años y compartí muchas experiencias con Maise -mi mujer- desde los 20 años. Hicimos travesías de 10 a 20 días por los altos valles pirenaicos con ascensiones y escaladas a «tresmiles» (los picos altos del Pirineo) y tuvimos experiencias en los Alpes en verano y en invierno. La alta montaña y las ascensiones invernales son potencialmente algo serio. Con 23 años escalé la cara Norte del Cervino/Matterhorn, una pared de 1200 mts. de desnivel y alta dificultad de escalada en terreno mixto/hielo, con un andinista y ochomilista profesional que duerme para siempre en el Himalaya. Antes de plantearnos este viaje al Paine, habíamos soportado temperaturas de hasta -30º C, ascendido juntos al Mont Blanc a -20º C con vientos de 60 km/h, y vivaqueado sin tienda ni esterilla más de 50 veces. Nuestra curtimbre era sólida. A los 53 años, ya venidos a menos como montañeros pero aún sólidos, recibimos una propuesta muy ilusionante: Nuestros viejos amigos Karla Frauenberg y José Antonio Riera nos invitaron a hacer la vuelta al Paine (el circuito de la O) y los 4 juntos nos lanzamos. Ellos no tenían nuestra experiencia y curtimbre… pero se entrenaron físicamente durante un año yendo todos los fines de semana a ascender cerros alrededor de Santiago. Ya tenían mapa del recorrido con curvas de nivel y habían hablado con personas que habían hecho el recorrido. Ya teníamos tres cosas claves: Información, experiencia en montaña y capacidad física comprobada.

 

 

Del mapa que compramos y los amigos que informaron a José Antonio, supimos la longitud de las etapas, donde había campamentos con y sin guardas, y refugios/albergues donde se podía pernoctar. Preparamos el material -equipo y ropa apropiados- incluyendo butano suficiente y la comida que íbamos a llevar. Pensamos la ropa muy bien, comprando si no teníamos material aislante y de abrigo de calidad. Hoy se puede buscar en Google información sobre la previsión del tiempo (que siempre puede fallar), sobre el itinerario por etapas, el terreno, en qué partes del recorrido hay agua, duración de las etapas… todo. Al final llevamos tiendas de campaña de calidad, ropa para cualquier tiempo, botas de montaña, polainas, dos hornillos, dos cantimploras por persona, comida, cámaras de fotos y un teléfono satelital. Pesamos las mochilas en el aeropuerto… chicos 23 kilos y chicas 18,5… toda una carga.  En el viaje de avión a Punta Arenas las emociones empezaron en cuanto nos acercamos al enorme Campo de Hielo Sur… nos fijamos en la lengua glaciar llamada Perito Moreno, luego no hubo visibilidad.

 

 

Por si acaso, calculamos un día de más por nuestra edad y otro por si el día de las Torres hacía mal tiempo para tener posibilidad de un segundo intento para verlas… son impresionantes. Los horarios de referencia hay que tomarlos con precaución. Se ofrecen en guías y mapas de forma orientativa promedio y hay que comprobar si nuestra capacidad de marcha está en ese promedio, recordando que vamos (debemos) ir con peso-pesado en los hombros aunque vayamos a hacer la «W». Por ejemplo, el excelente Trekking Mapp Torres del Paine de JLM Mapas da 1,5 horas para 7 km desde la Guardería de Laguna Amarga a la Hostería de las Torres. Es llano pero… ¿cargado?. Hicimos horarios razonables según nuestro plan.

 

 

Vimos guanacos y ñandús en el acercamiento y luego pájaros carpinteros, chunchos, zorros y cóndores. Cualquier etapa del recorrido es una auténtica belleza y un gran placer. Empezamos y terminamos en la Hostería las Torres. Nuestro primer día fue cómodo, muy llano y con vista a un horizonte infinito, espectacular, hasta el «Campamento Serón». Hay casa con guarda y se puede comprar comida. Lugar para acampada excelente. El segundo día, con cielo bastante despejado, disfrutamos de un recorrido bastante llano pasando junto al lago Paine -siempre siguiendo el sendero del circuito grande (la O)- y cruzamos hacia la mitad un arroyo donde se puede llenar las cantimploras de agua. Vimos las puntas de las Torres y los paredones que cierran por el norte el «Valle del Francés», y dormimos y cenamos confortablemente en el albergue Dickson, guardado, a orillas del lago del mismo nombre con vista espectacular sobre el final del glaciar Dickson. Se pueden prolongar las etapas y hasta doblar según el vigor… pero es una pena no disfrutar del paisaje pausadamente.

 

 

El tercer día empeoró algo el tiempo, nublándose más y más. Siguiendo el curso del río Paso, llegamos hasta el lago terminal del glaciar «Los Perros» y el campamento de su nombre, guardado, con algo de comida para comprar pero sin alojamiento. El cuarto día amaneció nublado, cerrado, lloviendo suave a ratos. Dos cosas clave en esta etapa: Una zona con barro abundante y la mayor subida del recorrido -690 m. de desnivel- con acceso al paso Garner, lugar clave de paso a la vertiente del lago Grey. Este tramo tenía en 2006 (hay que pedir consejo a los guardas de «Los Perros») el requisito de buscar en los árboles unas tiras de plástico colgantes con color fucsia que orientan sobre el mejor paso en la zona de barro y -sobre todo- para encontrar el camino de bajada en el paso Garner.  Comimos algo a una media hora del paso Garner mientras pensábamos qué hacer. Nevaba suavemente con viento y de no encontrar la bajada correcta al otro lado puede haber problemas muy serios. El glaciar Grey está unos 700-800 m. abajo y el terreno no es «recorrible».

 

 

Tuvimos viento blanco en el paso y nos separamos de a uno hasta el límite de vernos. Yo delante, alcancé a distinguir una tirita plástica fucsia en la rama de un ñire y encontré el camino de bajada. Retrocedí por mis huellas hasta tener contacto visual con la sombra de Maise. Llamé a Karla, a José Antonio y pudimos seguir sin tener  que dar la vuelta a esperar mejor tiempo. El camino de bajada es pendiente al principio y puede estar embarrado. El guarda del «Campamento Paso» nos dejó un gran plástico a instalar bajo la tienda (el suelo estaba encharcado). Al día siguiente seguimos el glaciar Grey hasta el campamento de su nombre. En el camino hay que cruzar varios barrancos con ayuda de inevitables escaleras de madera de bajada y subida, incómodas con peso en la espalda.

 

 

El campamento «Los Guardas» tenía un cobertizo abierto con una mesa sin guarda. (Preguntar sobre su estado a los guardas de «Los Perros» o en el «Albergue Grey«, según el sentido del recorrido). El recorrido es muy agradable entre bosque. Cenamos en el «Albergue Grey» y acampamos. A partir de aquí no hay detalles de importancia hasta el «Albergue Pehoé«, donde acampamos. Seguimos de continuo del lago Pehoé al albergue «Los Cuernos», pasando por el lago Skottesberg y saltándonos el «Valle del Francés» por lluvia pertinaz y falta total de visión del paisaje. Nos alojamos y cenamos, teniendo un día más de reserva para las Torres.

 

 

Caminar junto al lago Nordenskjöld, antes y después del «Albergue Los Cuernos», es también una gozada… Ver los cuernos a ratos y el «Cerro Paine Chico» fue lujo en nuestro camino hasta el «Albergue y Camping Chileno», a 2 horas del mirador de las Torres, junto a su lago glaciar. El día siguiente fue soleado. Después de afrontar la última pendiente (casi una hora) -siguiendo algún hito o cairn buscando la línea más recomendable entre el caos de grandes bloques graníticos- llegamos al mirador de Las Torres… Nos quedamos sin palabras y aguantamos allí más de una hora a pesar del viento… fue maravilloso. Hoy, casi 20 años después, Maise tiene una imagen de aquel día de las Torres en su foto del celular. Al día siguiente bajamos a la Hostería Las Torres y, tras comernos un delicioso filete «A lo Pobre», nos despedimos de una de las grandes experiencias de nuestra vida, quizá la mejor.