NOTA DE LA REDACCION: Ante un selecto número de académicos, Alex Strodthoff lanzó el 4 de diciembre su libro “Chile: tierra de luces y secretos”, publicado en tres idiomas (alemán, inglés y español) con 90 fotografías tomadas en climas extremos. Ingeniero forestal y fotógrafo de naturaleza -además gerente general de Empresas Agrotop (región de La Araucanía)- Strodthoff fue ese día un hombre feliz. El lanzamiento era el resultado, en 124 páginas, de imágenes obtenidas en cerca de 100 viajes a bordo de aviones bimotores, kayak, barcazas, esquíes y largas caminatas para mostrar lugares poco explorados y de difícil acceso.

 

 

Sin embargo, Strodthoff supera fronteras. Con innumerables trabajos fotográficos alrededor del mundo, nos entrega en esta oportunidad una notable cobertura en Bulgaria, región sobre la cual publicamos en Bendito Planeta por primera vez.

 

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS: Alex Strodthoff

 

Soy de aquellos que les toca viajar mucho por trabajo y cuando tengo un fin de semana de por medio, lejos de descansar en el hotel, aprovecho al máximo la oportunidad de conocer algo nuevo. Mi origen era Nueva York y mi destino Zurich, pero mientras hacía escala en Frankfurt un jueves por la noche, decidí comprar un vuelo a Sofía y conocer un lugar del que me habían hablado y que me intrigaba conocer. Se trataba de los Siete Lagos de Rila, una ruta de trekking ubicada en las montañas del mismo nombre, en la sección más alta de los Balcanes.

 

 

Fue así como aterricé en la capital de Bulgaria, arrendé un auto y emprendí viaje hacia el sur por una ruta montañosa, cruzando una serie de pequeños poblados mientras avanzaba por los contrafuertes de la cadena de montañas, teñidas de verde a comienzos del verano boreal. Mirovo, Kostenets, Gabrovitsa y muchos otros pequeños poblados me llamaron la atención en el camino. Construcciones sencillas de piedra o ladrillo, pastores con rebaños de cabras y sendos nidos de cigüeñas adultas con sus polluelos, ubicados sobre casi cada poste de luz, fueron algunas de las cosas que quedaron en mi retina.

 

 

Poco a poco, seguí las curvas del camino, hasta llegar al lugar en que me alojaría, el hotel Alpino 103, ubicado en la ruta entre un bosque de coníferas de gran tamaño y un intenso cantar de pájaros. Los anfitriones fueron muy amables. Si bien en Bulgaria no se habla mucho inglés ni alemán y las expresiones e idioma de su gente son más bien oscos, los ciudadanos de este país son muy atentos y serviciales. Tienen además conciencia del potencial turístico de estas tierras -que por su belleza escénica poco tienen que envidiar a los Dolomitas o a los Pirineos- y les interesa desarrollarlo. No tenían registros de otro compatriota chileno como huésped. Almorcé uno de sus platos típicos, el Kavarma, un guiso de carne de cerdo, cocinado a fuego lento, con verduras, que resultó estar muy bueno.

 

 

Seguí viaje en auto hasta Panichiste, en donde dejé el auto. La primera parte del circuito de los Siete Lagos de Rila, comienza con una telesilla tranquila, de unos 20-30 minutos de duración, la que empleé para acortar camino y mirar desde lo alto los bosques montañosos. Al llegar al plateau, ordené mi mochila y emprendí camino por el filo oeste de las montañas, sobre senderos rústicos pero en buen estado, de rocas y praderas.

 

 

El primer lago en aparecer fue el Dolnoto Ezebo (Inferior) y a continuación el Ribnoto Ezebo(Lago de Peces), de lindos coloridos que se alternaban conforme cambiaba la atmósfera ante el paso de las nubes y ángulo del sol. Seguí subiendo, por una ladera relativamente escarpada, hasta llegar a una meseta de praderas y suaves relieves y alcanzar el Babreka (Lago el Riñón), directamente a los pies de un monte lo suficientemente escarpado como para no originar playas en su parte norte. Ya estaba a mitad de camino. De pronto me encontré con algunos visitantes locales y un grupo de polacos, con quienes compartí un rato. A los 2.300 metros de altura comenzaba a aparecer nieve en las laderas más sombrías. El Okoto (Lago el Ojo), que apareció súbitamente frente a mi luego de subir por un empinado acarreo, fue el que más me impactó por su belleza y finalmente alcancé el de mayor altitud, el lago Salzata (La Lágrima), ubicado a 2.535 metros. La panorámica desde este punto es sobrecogedora y se pueden apreciar la totalidad de los lagos, incluyendo el Trilistnika (lago El Trébol) y el Bliznaka (el Gemelo), que visité durante mi descenso, al cabo de unas 7 horas muy bien disfrutadas entre estas maravillas de la naturaleza.

 

 

Durante mi retorno, escuché acerca de la leyenda local, que atribuye la claridad de estos lagos a las lágrimas derramadas por los dioses sobre estas montañas, en señal de amor por estas tierras y su gente. No culpo a los dioses por ello y estoy absolutamente de acuerdo con ellos. Espero regresar pronto a estos magníficos parajes.