NOTA DE LA REDACCIÓN: Verónica Clarke es periodista y traductora, con un fuerte desempeño en diplomacia pública. Hija de Philip Clarke Ramírez, funcionario del Programa Mundial de Alimentos de la ONU (entidad que en su lucha contra el hambre obtuvo el Premio Nobel de la Paz), desde pequeña ella recorrió numerosos países en guerra o pobreza. Calidad de viajera que no abandonó jamás, quizás como excusa perfecta para seguir visitando a parte de sus 4 hijos en el extranjero, y querer conocer al máximo lo hermoso que es este Bendito Planeta en lo mucho que debemos hacer para conservarlo.

 

TEXTO: Verónica Clarke – FOTOGRAFÍAS: Verónica Clarke y agencias

 

A pesar de las olas de calor, cada vez más frecuentes en los veranos europeos, Bilbao, en el País Vasco al norte de España, es un lugar maravilloso para escapar del calor agobiante. Si le preguntas a un local cuándo llueve en Bilbao, lo más probable es que te diga: “todo el año, todas las semanas”. Y eso, en verano, se agradece. La gente está completamente acostumbrada a la lluvia. Alguien me comentó que el clima se parece al de Chiloé, y algo de razón tiene. Me sorprendió gratamente ver cómo los habitantes se adaptan: colgadores de ropa instalados en las fachadas, todos techados con paraguas especiales en los muros, siempre listos para una llovizna inesperada.

 

 

Esta fue mi tercera vez en Bilbao, capital de la provincia de Bizkaia, pero la primera vez que la viví sin ánimo de turistear. Y fue una experiencia increíble. Poder decidir con claridad adónde ir, qué repetir, qué café o bar volver a visitar… es simplemente exquisito. Esta vez, por ejemplo, decidí no ir al Museo Guggenheim, uno de los íconos turísticos de la ciudad. Aun así, su exterior siempre impresiona: recubierto con láminas de titanio que brillan durante el día y cambian ligeramente de color con la lluvia. Sin duda, una joya de la arquitectura moderna que alberga arte contemporáneo de nivel mundial.

 

 

Para hablar de Bilbao hay que decir la palabra “renacimiento” ya que, atravesada por el río Nervión, fue en sus orígenes una ciudad portuaria e industrial. Con el traslado del puerto a la costa—apenas a 20 minutos en metro—la ciudad se llenó de verde y se transformó en un referente urbano donde conviven la arquitectura contemporánea y la tradición vasca. Una de las cosas que quería hacer esta vez era tomar un tour en bicicleta por la ciudad, algo que tenía pendiente. Fue una forma distinta y enriquecedora de recorrer el borde del río y conocer su historia. El guía, oriundo de Euskadi (¡ojo con decirle que es “español”!), nos contó que, en los años 80, todos los cerros que hoy vemos cubiertos de árboles eran antes zonas industriales y mineras. Hoy Bilbao es, sin exagerar, una de las ciudades más verdes que he visitado. Durante el recorrido, pasamos por algunos puentes emblemáticos, como el Puente de San Antón, un verdadero tesoro histórico, de origen medieval, con torreón defensivo incluido, que dejó de ser levadizo en 1969. También cruzamos el Zubizuri, puente peatonal sobre la ría del Nervión con suelo de cristal. Como llueve tanto, se le instaló una alfombra antideslizante. El puente ha sido siempre objeto de polémica (¡a quién se le ocurre instalar un suelo de cristal en una ciudad donde llueve permanentemente!).

 

 

El Casco Viejo, donde me quedé una semana visitando a mi hija, es el corazón histórico de Bilbao. Calles estrechas, edificios antiguos, bares tradicionales… Y después de las 8 de la tarde, todo renace: bares llenos, gente con una caña en la mano y pintxos para compartir. Los hay de todo tipo. El día puede comenzar con un delicioso pincho de tortilla y un café, para luego recorrer la ciudad a pie. Y qué decir de la Tarta Vasca, tipo cheesecake. La gastronomía es variada: desde influencias marroquíes hasta restaurantes con estrellas Michelin. Yo me quedé con los clásicos: cañas—rubia o tostada—y pintxos.

 

 

Bilbao no es muy grande. La parte histórica cuenta con unos 340 mil habitantes, y el área metropolitana supera apenas el millón. En julio, escuché decir que “la ciudad se llena de turistas” porque los locales se van… pero la verdad, nunca la sentí llena, lo que la hace aún más encantadora. Además de museos y bares, Bilbao ofrece muchísimos parques con actividades al aire libre: música, teatro, arte callejero… todo sucede en las plazas y jardines de la ciudad. Fue una delicia no ser turista en una ciudad que sin duda merece serlo, aunque curiosamente, no está en el radar de muchos que viajan a España.

 

 

A solo 20 minutos de la costa, un domingo a las 5 de la tarde, mi hija, mi yerno y yo tomamos el metro solo para “tomar algo mirando el mar”. Ese tipo de lujos cotidianos son impagables. Y si quieres variar el panorama, puedes tomar el metro o un bus hacia lugares muy cercanos que bien merecen otro artículo: San Sebastián, con su elegancia costera; San Juan de Gaztelugatxe, con su impresionante ermita en una isla conectada por un puente de piedra (¡prepárate para subir muchos escalones!); o Getxo, con su famoso Puente Colgante y sus playas.

Pero Bilbao… la recomiendo 100%.