Hoy Domingo, en que el mundo cristiano conmemora la resurrección de Jesús, las calles de  la Ciudad Vieja se verán con menos peregrinos. No en vano el cristianismo, piedra angular de la civilización occidental durante más de 2.000 años, este año se vio afectado por la guerra en el Medio Oriente, un conflicto regional que transformó las celebraciones tradicionales en una experiencia de violencia y miedo. Tan distinto a cuando con mis hermanos conocimos la «ciudad sagrada», tiempos en que a diario 3.000 peregrinos llegaban a visitar la tumba del Santo Sepulcro, donde se presume fue enterrado el cuerpo de una de las figuras más influyentes de la historia humana.

 

 

Después de la presión internacional contra el cierre del Santo Sepulcro, que las autoridades habían impuesto por razones de seguridad, finalmente se autorizó su apertura. Quedó atrás, sí, el sabor amargo de un hecho inusual que puso en jaque la posibilidad de que se oficiase misa en este templo construido el año 336 D.C., restaurado varias veces y que, para mantenerlo, conviven otras seis confesiones cristianas. Desde el siglo XIV, los representantes oficiales de la Iglesia Católica son los “Franciscanos de la Custodia de Tierra Santa”, junto a labores que también desempeñan allí las iglesias Ortodoxa Griega, Apostólica Armenia, Ortodoxa Copta, la de Siria y la Etíope.

 

 

Evidente la impresión que vive todo peregrino al tocar la lápida del Santo Sepulcro. Aparte, una fila enorme de turistas (que a veces habría durado hasta 3 horas) rodea la Piedra del Ángel, una cripta iluminada con velas (en la que solo caben 4 personas), donde Jesús habría sido crucificado. Un sacerdote de barba larga, que nos tocó ese día a cargo, a voz en cuello daba 3 minutos a quienes quisieran entrar, para de inmediato instarlos a salir. Una proeza, a pesar que su vozarrón nos aterraba, en la medida que nos íbamos acercando. Aunque una vez dentro el sacerdote pronto nos presionaba a retirarnos, todos salíamos del lugar sintiéndonos casi como en trance.

 

 

Aunque hoy muchos países occidentales sean más laicos y secularizados, Semana Santa sigue siendo un espacio de memoria cultural que marca un punto de encuentro entre tradición y comunidad, valores que han permeado profundamente la cultura occidental. Para los creyentes: un triunfo sobre la muerte, una manifestación de renovación espiritual y una afirmación de esperanza.