Aterrizar de noche bajo la luz de tarros a parafina o cruzar un río descalzo, aterrado de encontrarse con cocodrilos cerca, son parte del detallado testimonio que nos entrega André Jouffe desde este país del Africa.

 

TEXTO: André Jouffé

 

El Boeing 747-200 de la línea chárter holandesa Crossair, luego de recogernos en el viejo aeropuerto de Orly en Paris, hace escala en Tanzania antes de aterrizar en Mombasa, segunda ciudad mas importante de Kenya, además puerto que da hacia el Océano Indico. Ocurre al amanecer y ante la sorpresa de todos los pasajeros, apreciamos la ausencia de iluminación en la pista, en medio de la cuasi penumbra al amanecer. Sumergidos en la curiosidad, aparece ante nuestra vista una hilera de chonchones. Estos son tarros de Nescafé o similares con parafina, y una mecha que prolonga la llama durante la operación. El despegue, con luz de día, no constituye problema. Todo en pleno siglo XXI.

 

 

En Mombasa, para llegar al complejo hotelero de Whitesands, debemos cruzar la ciudad que da la bienvenida bajo un arco con una V. No constituye el símbolo del triunfo, sino que fue instalada por decreto en su tiempo por la reina Victoria, cuando el país era colonia del imperio británico. Es de mañana y se aprecia la pobreza en un abrir y cerrar de ojos. Paradojalmente, los niños van a sus escuelas luciendo uniformes diferentes. Algo surrealista, considerando que mucha gente no tiene para comer y, sin embargo, la educación pública exige uniformes diferidos. Rezagos de la colonización británica.

 

 

Cruzamos en ferry un canal y llegamos al Hotel Whitesands. Alrededor de la piscina rondan muchos gatos. Consulta: “Sir, ¿por qué tantos felinos?” El salvavidas nos contesta: “Para espantar las serpientes”. Aunque no lo crea, pero las serpientes le tienen pánico a los gatos pues un rasguño les rompe la piel y mueren. Ya lo sabe… Si algún día le toca, lleve a su menino en la canasta. Todas las habitaciones impecables, pero el mosquitero es obligatorio. Al sentarse de noche en la terraza de la suite ¡cuidado con la bamba!, pequeña serpiente de medio metro que se descuelga de los árboles para morder. Nos advierten las horas peak de la mosca de la malaria; entre la 1:00 y las 4:00 de la madrugada. De puro curioso salí a verificar. La reprimenda fue merecida…

 

 

Durante el día disponemos del uso de motos de agua. Cuando bajaba la marea, nos llevaban en bote a recoger piedras. La profundidad era un metro. Descendió mi mujer, Odette, y mi hijo Martin. Yo pragmático, los dejé hacer, mirando desde la borda. Y claro, lo esperado. Unas serpientes de agua casi tocaban la piel de mi familia, así que los obligué a subir. El remero me advirtió: “Si a veces muerden, pero no son  venenosas”. Muchas gracias… Luego, el safari obligatorio de cuatro días por el Parque Nacional de Amboseli. La última lodge se llama Ernest Hemingway. El recorrido se inicia casi de madrugada para evitar que veamos la miseria de Mombasa. Pero, antes de iniciar la expedición, el shoping. Lo primero es pasar por una tienda de artesanía. Business is business, y la verdad es que compramos como locos. Luego sabríamos que a la salida del hotel, docenas de kenyanos se pasean ofreciendo lo mismo, a cambio de pasta de dientes, peinetas, toallas y jabones y shampoo del hotel.

 

 

Nos trasladan en unas van, tipo “liebres”, con asientos enfrentados y sin techo. Uno de pie toma las fotos. La jornada transcurre en mostrarnos como los pumas se mimetizan con los matorrales porque en la maravillosa sabana se nota la escasez de agua. Y vimos varios pumas, que en cuestión de segundos desaparecían de nuestras pupilas, pero estaban ahí: convertidos en una mata-mamífero. Lo siguiente es presenciar el paso de elefantes; algunos con el lomo y las nalgas (si así se pueden llamar) color rosado y otros plomos. Mohammed, el guía, nos indica que los de distinto color provienen de otros sectores del parque, donde la tierra en la cual se recuestan puede ser gris. Almorzamos en un inmenso restaurante, donde reúnen a turistas provenientes de Nairobi y Mombasa. Desde el observatorio del lugar vemos una laguna hacia la cual concurren animales y aves sin agredirse a apaciguar la sed. Un espectáculo imponente.

 

 

La primera noche alojamos en un lodge bastante artesanal y eso le otorga un plus. Se cruza el rio Amboseli, que podría ser como el canal San Carlos, en sus variadas corrientes, a veces en caudal, otras hilillos de agua. Las carpas tienen cierre eclair y quedan totalmente selladas para que las serpientes no se introduzcan en los sacos de dormir. Los baños están en el exterior y concurrimos los tres, tipo 2:00 de la mañana, aterrados porque apenas se pone el sol, el silencio que reina en el lugar es interrumpido por el concierto nocturno de bichos, animales e insectos. Hasta las plantas emiten sonidos… Nos advierten que no salgamos porque de noche los caimanes salen del agua en busca de comida. Lo dramático sucede a la mañana siguiente: cruce del rio para retomar la van. La embarcación de goma lleva a ocho personas en cada cruce con su equipaje. Lo patético es que un niño de unos 10 años debe tirar el bote con una cuerda de una orilla a otra. Y sus ojos de espanto ocultan algo que nos dicen después: a veces bajo el agua hay cocodrilos y los niños, por la tentación de la propina, se ofrecen para arriesgar sus piernas por unos dólares más.

 

 

Durante el tercer día pasamos a una villa masai. El guía nos advierte que debemos negociar con los habitantes para que nos permitan ingresar. Un viejo truco: comisión para los indios, el guía y el conductor. Mujeres y hombres, todos altísimos. Usan como única prenda una túnica roja. De puro copuchento, vi en una de las chozas una tirada en el suelo. En la etiqueta se lee “Made in India”. Los masai caminan siempre con un palo largo en la mano: “Con esto le damos el golpe en la cabeza a la serpiente cuando asoma en el camino”, explica uno de ellos. Las mujeres, todas mutiladas sexualmente, muestran además lóbulos de unos 4 centímetros de diámetro. Esa misma noche vimos llorar a una chica de unos 8 años que le habían perforado el lóbulo para colocarle desde ya el aro de madera. Otro ultraje semejante al que sometían a las japonesas y chinas, atrofiándoles los pies desde pequeñas para obtener un novio digno. Esta mutilación afectó incluso a Noemi Cambell.

 

 

Las chozas son prácticamente tiendas de barro con una especie de tejido de ramas y con humo permanente. Es la única forma de ahuyentar las moscas. Al retomar la van, vemos de vez en cuando a chicos asomados en la huella (ya no es ruta) y les arrojamos lápices y cuadernos. Los pequeños no quieren dinero, sólo eso y por tal motivo nos aprovisionamos antes de salir de elementos que reflejan el ansia de superación, de salir algún día de la miseria. No queremos ni pensar cuanto caminaran diariamente a sus escuelas. Lo que sí sabemos es que algunas madres lo hacen hasta 5 kilómetros con baldes para recoger agua de los pozos en los meses de sequía.

 

 

Tal como fue la recepción, la canción popularizada en el film “El rey León” -y anteriormente en “Raíces”, con Woopy Goldberg- el akuna matata (“no es problema” en el idioma kenyano) nos recibe en la sala de embarque del aeropuerto.  En el vuelo de regreso, por la ventanilla se reconocen -a 30 mil pies debajo de nosotros- miles de kilómetros desérticos. Solo la línea que deja el Nilo rumbo a Egipto, y al delta que da al Mediterráneo, rompe la monotonía del paisaje.

 

Próximo miércoles

Entrevista con Jorge Guazzini, fundador y director de Caliboro Boutique Voyages,  turoperador receptivo boutique, líder dentro de la industria turística, cuya empresa está abierta en un 95% al público internacional.