Texto y fotografías: Lorena Faret

 

En marzo de 2019 recibimos junto a Andrés Moreno, mi marido, una invitación a San Petersburgo de nuestros amigos Hugo Salamanca y Cristina Aguilera. Y junto a ellos, más sus hijos y otros amigos, partimos sin estar muy preparados, pero con unas ganas enormes de disfrutar esta aventura. Y si bien para mi San Petersburgo fue un destino no planificado y no estaba en mi horizonte -porque era un viaje al otro lado del mundo- me atrevo a compartirlo porque fue maravilloso y hoy -un año después bajo esta pandemia feroz- quise agradecer con este relato los regalos que el Universo nos ha brindado.

 

 

Llegamos en tren desde Helsinki, un tren muy bonito y cómodo. El paisaje era distinto a lo que estamos habituados, todo cubierto de nieve con el resplandor de la nieve misma, y adivinando la abundante vegetación que prometía surgir. Y al llegar a San Petersburgo nos cambió de paisaje. Ingresamos por una zona industrial a una estación bastante sencilla. Así es que nos repartimos en varios taxis y, en el idioma que se podía, dimos indicaciones para llegar todos a nuestro hotel. Lo que ví inmediatamente fue la cúpula de oro de la Catedral de San Isaac. Aprendimos después que durante la II Guerra Mundial, el pueblo la tapaba con sacos para que quedara oculta de los aviones enemigos y así  resguardarla. Por mucho tiempo fue sólo un museo, y hoy se permite que una pequeña parte de ella se dedique al culto ortodoxo. El resto sigue siendo del Estado.

 

 

No alcanzamos ni a instalarnos cuando debimos correr porque habíamos conseguido entradas para el Ballet en el teatro Mariinsky, el antiguo o imperial, porque existe otro con el mismo nombre que es una obra de arquitectura nueva, muy bien lograda, que se encuentra cerca. Romeo y Julieta fue extraordinaria, una interpretación maravillosa con un despliegue de genialidad que honró la fama del ballet ruso. Todo era llamativo en ese lugar: el intermedio con tostadas de caviar y espumante, las mujeres con vestidos cortos y altos tacos, mientras afuera por lo menos eran 10 o 15 grados bajo cero, y siempre nieve o hielo en la acera.

 

 

Al día siguiente partimos a conocer  el palacio Peterhof, a 29 km. de San Petersburgo. El trayecto fue toda una experiencia. Nos tocó un taxista que sólo hablaba ruso, por lo que usamos el traductor de Google. Nuestro conductor, que resultó ser alegre y entusiasta, se detuvo en muchas partes que, sin él, habríamos pasado de largo, y además condimentaba todo con su historia personal. Así vimos el conjunto de edificios donde vivía , su escuela y su casa de pequeño. En fin, nos demoramos el doble de tiempo en llegar, pero fue un viaje lleno de risas  y gestos mutuos de amabilidad. El palacio en Peterhof es impresionante. Su ubicación, la vista, sus lujos y adornos, incluso afuera sus fuentes doradas -intactas, aún bajo la nieve- no pierden la majestuosidad. Desde 1918 este palacio imperial es un museo con bellas obras de arte. Pero, yo quedé impresionada con el exterior, quizás porque estaba todo congelado, hasta el mar. Ahora la temperatura era más baja todavía y, aún así, caminamos por este entorno de fantasía.

 

 

Estuvimos 3 días escasos en San Petesburgo, y recorrimos todo lo que pudimos de día y de noche. A pesar del frío tremendo, disfrutamos la cuidad. Vimos en un palacio de la época imperial, como muchos de Europa, bailes típicos y trucos increíbles de danza, algunas verdaderas contorsiones. Eran también coloridos y divertidos. La llamativa Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada lleva bajo las coloridas cúpulas la historia del pueblo ruso. Gracias a la guía, supimos que después de la revolución fue un almacén de verduras. Entre íconos de oro e imágenes religiosas, se vendían papas y cebollas. El sentido de aquello es evidente y forma parte de su historia. Esta iglesia también albergó por muchos años en sus techos una bomba sin explotar de la II Guerra, la que fue hallada muchos años después en una restauración.

 

 

Para mi, San Petersburgo resultó una cuidad de contrastes. Lo notas en su gente, en los pequeños restaurantes con arquitectura minimalista y sus grandes museos. Como l´Hermitage, el palacio de invierno de los zares. Es enorme, imposible recorrerlo en unas horas. Pero, alcanzamos  a conocer algunas de sus obras más importantes. Todo te deja asombrado. Aquí conviven los edificios estilo barroco, de la época imperial, con aquellas construcciones austeras de la Rusia comunista. Caminamos por parque invernales, donde nunca dejó de sorprenderme ver a jóvenes madres pasear en coche a sus hijos con 10 o 15 grados bajo cero. Tampoco logré entender jamás ni una sola palabra de su abecedario cirílico, impronunciable. Gran ayuda fue Google maps y el traductor, por lo que nos aventuramos, y a veces nos perdimos, pero siempre entre risas, frío permanente, expectación y admiración. Durante nuestra estadía los canales estaban congelados, por lo que la Venecia del norte se mostró esquiva en ese sentido. Sin embargo, disfrutamos de su comida, su gente y sus lugares.

 

 

En estas líneas, agradezo a Hugo y Cristina por la invitación a un viaje inesperado y sorprendente, y a todos nuestros compañeros de viaje: Fernanda, que además nos llenó de alegría al anunciar en esta ciudad que estaba embarazada; Ema, su hija, ya nos acompañaba en la aventura, a Tito y Naty, Javier y Paulina, y Octavio y Teresita, un gran grupo con el disfrutamos de momentos intensos, divertidos e inolvidables.

 

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