Texto y fotografías: Pablo Tironi.

 

No acostumbro  a viajar en grupos organizados. Pero esta vez hice una excepción que repetiría; me sumé a un pequeño grupo organizado por José Luis Ibáñez Santa María para conocer un poco de Rusia y las Repúblicas Bálticas de Estonia y Latvia.

 

UNA PARTIDA ACCIDENTADA

 

 

Nos juntamos en Moscú el miércoles 16 de junio de 2018 para visitar esa capital Nóvrogod –una o la ciudad más antigua de Rusia-, San Petersburgo, Tallin y Riga. Cada uno llegó a Moscú de acuerdo a sus preferencias, excepto por un pequeño grupo que se reunió en Milán para conocer algunas ciudades alrededor del Lago Mayor para embarcar en una línea aérea de bajo costo desde Bérgamo a Moscú. El grupo estaba originalmente formado por Alicia Larraín, Patricia Hamilton, María Jesús Egaña, Alfredo Chaparro, Hernán Balboltín, Jorge Urrutia, José Luis y yo. José Luis necesitaría una crónica aparte para contar todas sus cualidades de organizador, gran conocedor y perspicaz observador de la historia, la geografía, la cultura, la política y la sociedad rusa.

A poco andar, a tres días de nuestra llegada, Alicia se tropezó y se quebró un brazo en una escalinata del Parque Gorki, donde habíamos ido a ver a la juventud bailar salsa y merengue a orillas del río Moscova, así como bailan los jóvenes en el GAM de Santiago. Desde entonces y hasta el miércoles estuvo tratando de  de volver a Santiago, lo que finalmente logró, no sin antes movilizar a toda la Cancillería chilena.

 

LA CAPITAL DEL IMPERIO

 

 

Me quiero aproximar a Moscú a partir de su arquitectura muy particular; un estilo neoclásico único que aún se replica en muchas de sus construcciones. Fachadas continuas, llenas de columnas grecorromanas y capiteles que les dan una cierta majestuosidad, detrás de las cuales aparece otra ciudad llena de vericuetos en la que solo un experto como José Luis se puede ubicar para descubrir otra arquitectura más “constructivista”, como dicen los rusos: esto es, forjada por las necesidades de vida cotidiana. El estilo neoclásico de Moscú no es banal. Desde la caída del Imperio Romano, diferentes potencias se sintieron sus continuadoras. Nosotros conocemos el afán de Carlomagno que llevó a los francos ser sus continuadores en la Europa Occidental, seguida por el Sacro Imperio Romano Germánico que termina encabezando Prusia y que cae solo con la Primera Guerra Mundial a principios el siglo pasado. Bueno, por el oriente de Europa, desde Bizancio también se consideraban los legítimos herederos del Imperio Greco Romano y los verdaderos representantes de la Iglesia Católica, fundada por Jesucristo, que habían “usurpado” los pontífices ítalo-franceses. Y esta vertiente oriental -con su iglesia a la cabeza- expandió su influencia por toda Europa oriental y desde ahí hasta Siberia, declarado primero a Moscú como su capital, y siglos después a San Petersburgo.

 

 

Esta estructura bipolar de Occidente es la que se mantiene hasta hoy y se refleja en el estilo arquitectónico genuinamente ruso de su capital. Solo para agregar un detalle, el término Zar -con que se designa al emperador de Europa Oriental- deriva del término Cesar con que se designaba al Emperador del Imperio Romano, el de la Europa Occidental, y que hoy ¿sería Trump?.

El urbanismo de Moscú es asombroso. Anchas avenidas, parques inmensos, de colores verdes lujurioso en la primavera. Pero no solo eso. Moscú debe ser la ciudad más limpia que yo conozco. El tráfico ordenado y la gente cuidadosa, gentil y disciplinada, lo que puede ser a costa de casi 100 años de represión. Nunca cruzan a media calle o con semáforos en rojo, ni pasan por debajo de una valla.Todos pagan con sus tarjetas el Metro, los buses o tranvías. Realmente una ciudad que, a pesar de su tamaño de casi 14 millones de habitantes, se siente de escala humana.

La construcción no tiene nada de estalinista. La ciudad es en general baja, de fachada continúa. Pero, es como una Matriushka – la famosa muñequita de madera. Detrás de las fachadas uniformes la cuadra está llena de otras edificaciones, callejuelas, placitas y rincones llenos de sorpresas. Juegos de niños, huertos de los vecinos, tendederos de ropa, algún viejo palacio y muchos pequeños negocios de barrio austeros y sencillos detrás de cualquier puerta. La novela El Maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov, describe muy certeramente esta forma de organización urbana.

 

 

LA ARQUITECTURA ESTALINISTA

Hay siete grandes edificios de la era estalinista que realmente impresionan. Están repartidos en diferentes puntos de la ciudad y por su tamaño se ven desde todas partes. Con una arquitectura imponente, llena de detalles como torres, minaretes, bajo relieves en las cornisas o estatuas en balcones son bellos representantes de una arquitectura como la de los grandes edificios de Nueva York de los años 30, incluido el Empire State o el Rockefeller Center. Pero los siete rascacielos moscovitas, a diferencia de los cientos de Manhattan, se destacan majestuosamente en medio de una ciudad más bien baja con muy pocos edificios mayores de siete pisos. Actualmente uno es la sede central de la Universidad de Moscú, otro el Ministerio de Relaciones, otro un gran hotel de una cadena internacional, otro un edificio de viviendas que ha terminado en manos de los acaudalados y cosas por el estilo.

No me detendré a describir los iconos urbanos de Moscú como la Plaza Roja, el Metro o la Plaza de la Victoria; los hemos visto mil veces en fotografían y películas. Pero, a propósito de la Plaza de la Victoria, aprendí que en Rusia no es correcto referirse a la II Guerra Mundial por ese nombre, sino como la Gran Guerra Patria. Y esto por dos razones históricas importantes. Primero, Rusia no se siente parte de las fuerzas aliadas en esa guerra. No tuvo que luchar por “libera” a otros países -como Francia, Bélgica u Holanda del yugo Nazi- sino que luchó y a un costo que ninguno de los aliados tuvo que sufrir por defender la Patria Rusa de la invasión nazi. Ese fue su destino: no rendirse como lo tuvieron que hacer Polonia, Checoslovaquia, Bélgica, Rumania y Bulgaria, algunos de los cuales no capitularon, sino que colaboraron y sumaron sus ejércitos al de la Alemania Nazi.

La otra razón es que los rusos reconocen que, en un primer momento, fueron aliados de los alemanes cuando acordaron repartirse el Este de Europa en el pacto Molotov Ribbentrop, lo que Alemania no cumplió. Más aún, piensan que el verdadero objetivo de la Alemania Nazi fue siempre Rusia: derrotar al comunismo y restaurar el gran Imperio Germano. Yo agrego que los avances de Alemania sobre Francia e Inglaterra – que nunca fueron parte del Imperio Germano –y el apoyo alemán al avance japonés sobre Manchuria- no tuvieron otro propósito que distraer las fuerzas que obstaculizaban el logro de su objetivo principal: Rusia.

 

 

Una tarde moscovita tuvimos el privilegio de conocer a Boris: subdirector por muchos años del Instituto Latinoamericano de Rusia y actual académico en Ciencias Políticas de la Universidad en Moscú. Hicimos muchas preguntas, pero lo que más me llamó la atención fue su respuesta a tres de ellas:

– ¿Qué significó para usted la revolución bolchevique? Respuesta corta: una tragedia.

– ¿Cómo ven Uds. el futuro del mundo?

Su respuesta: Uno en que se están re articulando los poderes imperiales tradicionales de un mundo bipolar. En el futuro serán dos: Euro-Asia, donde Rusia tendrá un papel predominante, y el imperio anglo-americano con Estados Unidos a la cabeza. Latinoamérica será parte de este último. Africa será un territorio que dejaremos a los chinos, y Europa y Asia del norte se reconstruirá en torno a Rusia o a la reconstrucción del imperio Austro-Húngaro con Rusia a su cabeza.

– ¿Se consideran ustedes en guerra con los Estados Unidos?

– Sí, así de simple.

Su conferencia duró más de dos horas y sirvió para bebernos una botella de vodka entre tres: fue fascinante. Boris contaba que, para los rusos, Obama fue un presidente nefasto. Por eso apoyaron a Trump con tanta fuerza. No podían permitir que la “histérica” Hillary ganara la presidencia. Dicen que cada nuevo presidente de los Estados Unidos será siempre peor que el anterior y que los líderes rusos, desde Lenin a Putin, se alternan entre calvos y los de abundante cabellera (Lenin-Stalin, Jruchov-Breshniev, Gorbachov-Yeltsin, Putin- Medenev-Putin).

 

LA PROPORCION AUREA

 

 

Antes de venir a Rusia no sabía qué era la proporción áurea. Ahora lo sé: es la proporción con que está construida la mujer rusa. Piernas largas y firmes, caderas anchas y cintura proporcionada. Pechos firmes, ojos grandes, claros y luminosos como faroles, pestañas largas para no encandilar a quienes las miran y que saben llevar bien maquillados, igual que sus labios. Cuellos que les acercan la cabeza al cielo y las hacen aparecer como ángeles. Su estampa, su parada, erguidas, con la mirada en el horizonte, la hace ver como si flotaran sobre el suelo. En serio. La mujer joven rusa es muy linda. En general visten ropas sencillas y colorida, como si ellas mismas las hubieran cosido. Telas también sencillas, popelinas de colores como de saldos de tienda, esos que nadie en Chile elegiría con celeste, rosado o floreado. Pero también las hay, y muchas, elegantísimas. Incluso si van en un skateboard, un monopatín o una bicicleta llevan tacos altos de aguja. Hay un color preferido con el que visten hombres y mujeres. El color azulino muy único que lleva la bandera del país. Es difícil caminar una cuadra sin ver a alguien vestido con ese color.

Nuestro líder, José Luis Ibáñez preparó un programa increíblemente completo con el apoyo de guías locales. Todos los días salimos a las 10 de la mañana para volver sobre las 6 de la tarde con los ojos llenos de catedrales, parques, palacios, museos y rincones que pocos deben conocer en Moscú. Volvemos también con la cabeza llena de las interesantes conversaciones que José Luis estimula con sus conocimientos de la historia, la política y la sociedad rusa. Algunos en el grupo hemos complementado estas excursiones diurnas con escapadas nocturnas al ballet (vimos Las Sylphides en el Bolshoi), un espectáculo de bailes folklóricos en el teatro del Golden Ring cerca de la estación Timiryazevskaya, un pequeño teatro de barrio al que entramos gratis porque no había quien atendiera en la boletería; y el musical de moda, Anna Karènina, con el mismo glamour y perfección de los de Broadway.

 

QUE COMER

La comida en Rusia no es nada especial. Simple, platos poco abundantes sin mayor sofisticación. Por mucho que destaquen la comida georgiana y ukraniana, la verdad es que no hay que hacerse ilusiones. Mucho guiso con papas, carne de cerdo y repollo. Pescados insípidos para el paladar chileno, generalmente espinudos, los famosos blinis y la sopa de borsk, una sopa de verduras con beterraga, cebolla, repollo y papas. Parece que la comida rusa refleja bien la pobreza en que ha vivido la población durante los últimos 100 años. Ellos dicen que, actualmente, eso es en parte también del efecto de las sanciones económicas de Estados Unidos y la Unión Europea y que los rusos resienten profundamente. Más de algún ruso nos ha señalado que uno de los temas contingentes más importantes para ellos es de las sanciones económicas y -a renglón seguido– señalan que “cómo pueden pensar que esas sanciones van a debilitar a un pueblo tan orgulloso”. Creo que las sanciones son otra estupidez del Imperio “Anglo-Americano” que ha fortalecido la unidad rusa, así como lo han hecho en Cuba, Venezuela y Corea del Norte. Quizás ellas explican en parte importante el alto apoyo a Putin en las últimas elecciones.

En Rusia no se ven reminiscencias del régimen soviético ni del comunismo. Todo funciona con las leyes del mercado, aunque se siente el respeto a las normas que deben haber heredado de siglos autocráticos.

 

DATOS UTILES
  • Nos alojamos en el Hotel Medea, a pocos metros de la estación de Metro Novokuznetskaya y a 10 minutos caminando de la Plaza Roja: www.medea-hotel.ru
  • El Metro es la forma más eficiente, barata y entretenida para viajar por la ciudad. Su red es amplia y hay que estar dispuesto a perderse varias veces en cualquier trayecto, pero al tercer día se domina el sistema. Como en todo el mundo, los taxis se aprovechan de los turistas y pueden llegar a cobrar más de 10 veces el valor estándar de una carrera. Además el tráfico es lento.
  • Sacar entradas con anticipación al Berioska. Su ballet es de otro mundo. Ojalá verlo en la Sala Grande – el teatro principal – aunque la Pequeña Sala, en un edificio más moderno a su costado también vale la pena.
  • La Galería Tetriacov, a tres cuadras del Hotel Medea, necesita de tiempo para recorrer sus salas excelentes de pintura rusa contemporánea. El Museo Puskin tiene una bellísima colección de impresionistas en un espacio moderno, bien diseñado y no agobiante.
  • Con la excepción de San Petersburgo, los rusos no se desviven por el turismo y el buen servicio. Y hay que entenderlo, el turismo no es una prioridad para la gente común.

José Luis Ibáñez viaja de nuevo en septiembre de 2018 a Rusia y lo hace periódicamente dos o tres veces al año. Una opción para conocer y aventurar con una organización impecable y grupos pequeños con viajeros afines y entretenidos.

Junio, 2018.

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