Como me atraen los avisos de cruceros a destinos exóticos, reviso los diarios buscándolos. Amo viajar, conocer, descubrir y recorrer.

Fue así como con mi esposo, que me acompaña en este desafío, descubrimos un crucero de 12 días, el Navegator of the Seas de Royal Caribbean, que nos llevaría por el Báltico desde Southhampton, en Inglaterra, hasta San Petersburgo, en Rusia. Y abordamos en este puerto de “padres peregrinos”, desde donde ellos zarparon hacia Estados Unidos, escapando de la opresión religiosa.

Diario de viaje, de Celeste Ruiz de Gamboa

Aquí también inició su único y fatal viaje el Titanic. Entre añosos árboles se alzan castillos, muros de piedra e iglesias medioevales. Se conservan fortificaciones que datan del tiempo de la invasión de los romanos 200 años después de Cristo. Otro atractivo es que en una de estas antiguas casas nació Jane Austen, a quien los habitantes de Southampton celebran y veneran. En la calle principal coloridos pubs, restaurantes y cervecerías lucen decenas de maceteros floridos que alegran los balcones. Las parejas, con toallas y picnic, se instalan a la orilla del mar para gozar, sin abrigo, de un sol tímido.

EN CUBIERTA

Abordamos con la credencial con foto que nos entregaron, y que nunca hay que olvidar, y subimos al comedor principal, para gozar de un surtido desayuno buffet. Cada cena es una ocasión especial. Los comedores son grandiosos, elegantes y sofisticados. Cuando es noche de gala, surgen los smokings y los trajes largos. No es obligatorio asistir, pero si lo hace, es mejor que se vista acorde. Bueno, si no está de ánimo de maquillarse y peinarse, siempre está el inmenso comedor que acepta los shorts y las sandalias… Hay para todos los gustos.

OSLO

El Báltico nos comenzó a develar sus misterios cuando atracamos en Oslo (Noruega), que nos recibió con lluvia y frio. Sin embargo, fue la posibilidad de admirar las 212 esculturas de bronce y granito, y los juegos de agua que Gustav Vigeland esculpió a lo largo de su vida, desde 1924 hasta su muerte en 1943. Despejado el día, llegamos al Viking Ship Museum, donde conservan cuatro de las embarcaciones de madera originales en las que los vikingos recorrieron los mares, arrasando y conquistando. Frente al museo de los Vikingos, está el Kon-Tiki, museo que construyó un navegante que no es desconocido para los chilenos: Thor Heyerdahl. Para nuestra sorpresa, a la entrada hay un inmenso Moai con una leyenda en la base que establece que la escultura fue regalada por el gobierno de Chile. Regresamos al barco con la mente rebosante de aventuras y leyendas.

COPENHAGUE

De niña mi hermano me regaló un precioso libro con los cuentos completos de Hans Christian Andersen. El amor imposible de la Sirenita y su triste destino quedó grabado para siempre en mi mente. También en la mente de los daneses. En 1913 Edvard Eriksen esculpió en bronce una delicada estatua y fue anclada en una roca en la costa de Langelinie. El monumento nacional es el símbolo de la ciudad y un hito turístico. Los buses se entrecruzan en el sendero de piedras y arena, llevando a miles de turistas que, de todas partes del mundo, quieren admirar -y ojalá tocar- la pequeña estatua de 1,25 m. La guía nos cuenta que cuatro veces la han decapitado. Y que hace algunos días la rociaron con spray rojo. Pero, para nuestro deleite, ahí está, cercana y a la vez distante, soñando con su príncipe que la traicionó eligiendo a otra. Visitamos jardines y el palacio de la realeza danesa que vive en Amalienborg, custodiada por unos imponentes guardias con altos gorros de piel. Es posible cruzar y mirar, pero no hay que apoyarse en los muros o los guardias reaccionan violentamente.  En las terrazas de los restaurantes que bordean los canales, los daneses aprovechan hasta el más mínimo rayo de sol, bien muy apetecido en el Báltico.

HELSINSKI

Atracamos en Helsinski, capital de Finlandia, en medio de la bruma. Afortunadamente junio es un mes excelente para recorrer el Báltico y el sol terminó por imponerse. Iniciamos el recorrido de este país de innovadores y creativos diseñadores, conociendo Tempeeliaukio, la gran iglesia construida en roca y cobre; el parque Sibelius, donde contemplamos el  gigantesco órgano de viento casi suspendido en el aire, que fue construido en acero en homenaje al compositor y violinista Jean Sibelius.  Regresamos al centro de Helsinki y caminamos admirando sus bien conservadas casas medievales hasta llegar a una entretenida feria al aire libre. El parlamento, los museos y la inmensa catedral luterana sorprenden y encantan.

SAN PETERSBURGO

Al séptimo día de navegación, todos los pasajeros esperábamos con ansias la llegada a Rusia. Nos apiñamos en cubierta, aperados con larga vistas y máquinas fotográficas. Como en una película, se abrían los múltiples canales de San Petersburgo ante nuestros incrédulos ojos. Sentí que la sufrida historia de Rusia cobraba vida. Ante mi brotaban imágenes del derrotado Napoleón y años más tarde, del también vencido Hitler. Estadistas de talla, que los invadieron con ejércitos poderosos y, sin embargo, no pudieron con el temple y la desesperada resistencia de los rusos. Murieron por cientos. Hombres, mujeres y niños. De hambre y de frío, pero no se rindieron. A las ocho de la mañana ya pudimos desembarcar. La policía rusa nos recibió en amplias y cómodas instalaciones. Hicimos fila para mostrar nuestros pasaportes a los oficiales rusos y nos permitieron iniciar nuestra visita.

L´HERMITAGE

Así cuenta la historia. El Palacio de Invierno fue tradicionalmente el hogar de los zares. La zarina Catalina la Grande, en 1764 adquirió una colección de 225 cuadros de pintores occidentales que instaló en el edificio anexo al castillo, el Pequeño Hermitage.  Continuó adquiriendo piezas fastuosas de arte, gemas, monedas e insignias y formó una fastuosa biblioteca. Para acoger todos esos tesoros que continuaban aumentando, determinó construir el Viejo Hermitage. Cuando ella murió, en 1796, ya colgaban cuatro mil cuadros de sus paredes. Un siglo después, el Zar Nicolás II, en 1852 continuó el legado de Catalina e inauguró el Nuevo Hermitage y las obras de arte que albergaba se multiplicaron. Después de la Revolución  de Octubre, los palacios nacionalizados y las iglesias vertieron sus colecciones en el Hermitage, cuadriplicando las posesiones del museo.

Cruzamos por galerías amplias y bien cuidadas. Decenas de majestuosas arañas de cristal nos iluminan. Admiramos la “Pequeña sala del Trono” (Salón Petrovski)  y luego conocemos la “Sala Grande del Trono”, ¡Aquí, en esos mullidos y encarnados sillones de oro, se sentaron los zares y reinaron, administrando justicia! Subimos y bajamos escaleras de mármol. En las hornacinas hay gráciles estatuas. Muros y cielos, pintados en tonos pastel, adornados con frisos, dinteles y festones dorados. Las maravillas se suceden: el reloj de oro pavo real, que despliega sus alas al dar la hora, el Salón de Malaquita, la Sala del Escudo de Armas. Ahí están las 30 salas del renacimiento italiano y, especialmente, la bella cámara de Leonardo da Vinci, donde la “Virgen con el Niño” y la “Virgen de la flor” reflejan la maestría del pincel del artista. En otras salas, Peruggini, Strozzi, Caravaggio, Tintoretto cubren las paredes. Entre las obras occidentales hay ¡24 cuadros de Rubens!. La guía dice, sinceramente, que lamentan poseer sólo dos Goyas y algunos Velásquez.Terminamos agotados, con un torbellino de imágenes -cada cuál más hermosa- en la mente.

Nos quedamos con la sensación que debemos regresar. Y quizás tomar el expreso que une a San Petersburgo con Moscú.

TALLINN

Esta ciudadela en Estonia parece de cuento y realmente es una maravilla. Bien conservada, plena de historia y de alegres rinconcitos para disfrutar de una cerveza o tomar un café. Las casitas en las estrechas callejuelas, datan de 1400.  Desde su parte más alta, vemos los muros protectores de la ciudad vieja. Aquí la dominación soviética duró 200 años, período en que les quitaron hogares, y a muchos los mandaron a Siberia. Centenares murieron en el viaje, por lo extremo de las temperaturas. Los rusos clausuraron iglesias y prohibieron la religión. Con inviernos muy largos, por meses no tienen luz natural, por lo que deben refugiarse en el calor de sus casas a tejer y a bordar. En diciembre sólo tienen una hora y media de luz. Bajamos por empinadas y angostas callecitas para llegar al tráfago de los turistas que contemplan este pueblito de mercaderes que almacenaban sus mercaderías en el piso inferior y vivían en el superior. Hay una calle para las panaderías, otra para las carnicerías, otra para los zapateros. Y así… Es realmente de cuento de hadas. Ellos aman su país y su ciudad. La bandera es azul por el cielo, negra por la tierra y blanca por la libertad que no están dispuestos a perder nunca más.

BRUJAS

Brujas, la ciudad belga más turística, es preciosa, delicada, rodeada de árboles y surcada por canales. Está pensada para los turistas. Colorida, llena de flores, con entretenidos puestos que venden todas las variedades del exquisito chocolate belga, también se puede recorrer en barcazas o en una victoria tirada por caballos. Pululan las bicicletas que arremeten contra la gente a toda velocidad. Lo más hermoso de esta ciudad de juguete, es la iglesia “Church of our Lady”, del siglo XIV. En el museo adjunto, hay un altar que acoge una escultura de la Virgen y el Niño. Es la única madona tallada en mármol blanco por Miguel Angel, alrededor de 1504, que se encuentra fuera de Italia. La donaron a la iglesia mercaderes belgas.

Al culminar el viaje, de regreso en Inglaterra, quedamos con la sensación que hemos sido privilegiados al conocer y recorrer, de una manera tan tranquila y protegida, este distante y misterioso Mar Báltico. Ya en Santiago continúo pesquisando avisos en los diarios, pensando que en cualquier momento surgirá un nuevo desafío.

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